lunes, 30 de octubre de 2017

Pax Romana: la salida del refugio

Si antaño forzábamos la reclusión de especies en refugios, es decir, en “castillos remotos e inexpugnables”, ahora éstas empiezan a salir de los espacios protegidos debido a que nuestra actitud hacia ellas es mucho más respetuosa. Una muy buena noticia para la conservación de la naturaleza.

Los pueblos prerromanos de la Península Ibérica, nuestros antepasados de las edades del Bronce y del Hierro, construían sus poblados en lugares apartados y los dotaban de poderosos medios defensivos. Eso es buena prueba de que vivían intranquilos, siempre a la espera de una visita indeseada y peligrosa. Recuerdo  las primeras veces que visité el fabuloso Castro de Baroña, en la costa coruñesa de Porto do Son, cuando me dejé llevar por la admiración que transmiten aquellas piedras en un entorno tan hermoso. Pero, sin dejar de apreciarlo, en visitas posteriores caí en la cuenta de que aquel era un lugar realmente malo para vivir. Nadie instalaría por gusto su casa en un pequeño afloramiento rocoso situado al final de un estrecho istmo y rodeado por el océano. Si se ha visto y oído rugir al Atlántico en invierno no hace falta justificar más esta afirmación. El poblado contaba además con una doble muralla defensiva y sus habitantes habían excavado un foso en medio de la barra de arena que sirve de acceso. Dicho con otras palabras: un lugar así sólo fue escogido por criterios militares. Las espaldas quedan cubiertas por el mar y su única entrada es estrecha y fácil de defender. Si no se hubieran visto forzados a tomar tales precauciones, los pobladores costeros hubieran escogido una zona más alejada del mar, cerca de sus tierras de cultivo y fuentes de agua dulce, sin renunciar por ello a los recursos marinos que debieron ser el principal objetivo de aquellas gentes. Sólo empezaron a abandonar las fortificaciones cuando se impuso la Pax Romana. Pudieron asentarse entonces en zonas llanas, abiertas y desprotegidas, pero mucho más productivas. Roma aplicó sus leyes a lo largo y ancho del imperio, de modo que la paz entre los pueblos ibéricos fue una consecuencia de su poderío militar.

Bien, pues cuando conseguí asimilar esa página de nuestra historia, me di cuenta de repente de que podía trazarse un paralelo con los avatares sufridos por la fauna (1). La actividad humana de los últimos milenios y la transformación agrícola del paisaje hicieron que la mayor parte de las especies silvestres sobrevivieran en refugios, en lugares agrestes ubicados lejos de los asentamientos humanos (2). El caso de la foca monje es un buen ejemplo: perseguida en las playas, que son su hábitat predilecto de reproducción, tuvo que refugiarse en inaccesibles cuevas costeras o archipiélagos alejados del continente.

El célebre castro de Baroña (Porto do Son, A Coruña) es un poblado de la Edad de Hierro ubicado en un lugar favorable para la defensa militar, pero muy incómodo para vivir. Muchas especies se han visto recluidas en fortalezas similares y sólo ahora empiezan a abandonarlas gracias a que nuestra actitud hacia ellas es más respetuosa (Foto del autor). 

Selección por comportamiento
Pero esa no fue la única consecuencia de la presión humana. También sobrevivieron los individuos más tímidos y recelosos, aquellos que nos tenían más miedo, como queda patente en el oso pardo. Los osos vivían antaño en toda la Península (3), de norte a sur y de este a oeste, pero quedaron encastillados en las montañas más agrestes del norte, en la cordillera Cantábrica y los Pirineos. Además eran unos osos mansos, que no agredían a la gente. Nada que ver, por ejemplo, con un oso pardo de Alaska. Nuestros osos más agresivos y sin miedo hace mucho tiempo que fueron eliminados por peligrosos.

El caso es que la presión sobre la fauna disminuyó enormemente desde que se ejecutó el Plan de Estabilización franquista y la población rural empezó a concentrarse en unas pocas ciudades. Un dato relevante es que las licencias de caza han caído de manera continua en toda España durante las últimas décadas. Además ha aumentado la sensibilización de la gente urbana por la conservación de la diversidad biológica. Y, para remate, los gobiernos democráticos han establecido espacios protegidos, dotados de legislación propia, sobre los antiguos refugios donde quedó acantonada la fauna. Ahora, tras varias décadas de Pax Romana, está empezando a salir de aquellos refugios obligados. Una muy buena noticia, porque viene a decirnos que hemos hecho bien las cosas durante los últimos treinta años y salvado a muchas especies que se encontraban en una situación realmente extrema. Podríamos decir que lo mejor que podría pasarle a la fauna es que quiera estar fuera de los espacios protegidos y recuperar los territorios perdidos. Una tendencia que también viene dictada en parte por el cambio que han sufrido los ecosistemas a raíz del éxodo rural. Los terrenos abiertos para cultivos y pastos vuelven a cubrirse de vegetación y en los espacios protegidos empiezan a escasear las presas más codiciadas, como conejos y perdices, que son propias de lugares despejados.

Algunos ejemplos en islas
Los halcones de Eleonor nidifican en inexpugnables acantilados de pequeños islotes mediterráneos. Pero, en cuanto la presencia humana desaparece, crían directamente en el suelo. Así lo hacen en el islote de Mogador (Marruecos), donde los nidos alcanzan densidades extraordinarias. Nosotros mismos hemos estado años devanándonos los sesos para averiguar si los halcones preferían un tipo concreto de acantilado, una orientación, un sustrato particular (4). Al final, mucho tiempo después, nos dimos cuenta de que la reproducción de los halcones en acantilados es más que nada un artefacto debido a la presencia humana en esos islotes. En cuanto tienen ocasión, salen de los refugios.

Lo mismo hicieron la gaviota patiamarilla o la de Audouin. En muchas islas y costas con frecuente presencia humana también crían en los acantilados, pero salen de sus castillos en cuanto comprueba que somos inofensivos. Poco a poco, los buitres negros mallorquines, encastillados en los pinos de los acantilados, empiezan a salir asimismo de sus refugios, un comportamiento seguramente favorecido por los genes confiados que han llegado a la pequeña población isleña a través de los programas de reforzamiento.

Algunos ejemplos continentales
Águilas reales y perdiceras crían cada vez más sobre árboles. No sólo porque la superficie forestal esté aumentando, sino también porque los farallones rocosos eran mejores castillos naturales que los árboles cuando estas aves estaban perseguidas. Ahora que se sienten a salvo, pueden salir de aquellas fortalezas. De hecho, las perdiceras del programa LIFE portugués se están expandiendo hacia el norte gracias a su hábito de anidar en árboles, incluso sobre especies exóticas y muy cerca de viviendas (5).
Las antaño muy amenazadas águilas imperiales están empezando a abandonar sus áreas tradicionales de cría para dirigirse a pinares intensamente gestionados por el hombre y situados en terreno llano. La razón es que los pinares aclarados artificialmente son más favorables para sus presas que los bosques con vegetación cerrada. El abandono del medio rural y la escasez de grandes mamíferos herbívoros, extintos mayoritariamente durante el tránsito entre el Pleistoceno y el Holoceno, ha abierto las puertas a la sucesión vegetal. Unos cambios que no sólo afectan a las águilas imperiales ibéricas de la especie Aquila adalberti (6, 7), sino que se han apreciado también en las imperiales de Hungría, que pertenecen a la especie Aquila heliaca (8).

Por otra parte, las nutrias desertan con facilidad de sus refugios forzosos en las cabeceras de los ríos para ocupar sus tramos medios y bajos. De hecho, han alcanzado ya las costas y son cada vez más habituales en las orillas de los embalses (9). Aunque también hay casos de especies emblemáticas que no han dado aún ese salto, como el lobo ibérico que, aunque haya extendido su área de distribución, todavía no puede abandonar los refugios forestales debido a la persecución directa. Los osos que intentan dirigirse asimismo hacia zonas más llanas suelen ser víctimas de artilugios cinegéticos que no estaban destinados a ellos.

Nuevas relaciones con la fauna
Podría seguir citando casos y más casos, pero creo que el mensaje ha quedado claro y está suficientemente probado. No sólo los grandes depredadores salen de sus refugios, sino también sus presas. Jabalíes y corzos recuperan sus hábitats históricos y ya están cerca de las ciudades, cuando no directamente en ellas. Y cada vez con mayor descaro, atraídos por la falta de depredadores, la abundancia de comida y el respeto que la gente les brinda.

Es obvio que todo este proceso planteará nuevos desafíos a nuestra relación con la fauna silvestre, ya sea en forma de accidentes de tráfico o de ataques a personas y mascotas. Tendremos que diseñar una nueva hoja de ruta, pero, de entrada, podemos adelantar que esa salida de los viejos castillos representa un avance en el marco de nuestra reconciliación con las demás formas de vida. Llevamos treinta años deseando que los espacios protegidos sean innecesarios y estamos empezando a conseguirlo. Acabada la romanización nuestra civilización volvió a los castillos en la Edad Media, auténticas jaulas de oro que admiramos por extrañas razones románticas. Esperemos que el futuro que le espere a nuestra fauna no sea ese. 

Bibliografía

(1) Martínez-Abraín, A. (2016). ¿Refugiados o adoptados? Quercus, 362: 6-8.
(2) Martínez-Abraín, A. (2017). ¿Espacios protegidos o no? Quercus, 379: 6-7.
(3) Jiménez, J. (2016). El ocaso del oso en Castilla y Aragón. Quercus, 370: 26-34.
(4) Urios, G. y Martínez-Abraín, A. (2006). The study of nest-site preferences in Eleonora’s falcon Falco eleonorae through digital terrain models on a western Mediterranean Island. Journal of Ornithology, 147: 13-23.
(5) Carlota Viada, comunicación personal.
(6) González, L.M. y otros autores (2008). Status and habitat changes in the endangered Spanish Imperial Eagle (Aquila adalberti) population during 1974-2004: implications for its recovery. Bird Conservation International, 18: 242-259.
(7) Rojo, L.I. y otros autores (2013). Colonización por el águila imperial ibérica (Aquila adalberti Brehm) de montes intensamente gestionados en la provincia de Valladolid. En Sexto Congreso Forestal Español, Vitoria-Gasteiz 10-14 junio 2013. Sociedad Española de Ciencias Forestales. Palencia.
(8) Horváth, M. y otros autores (2014). Simultaneous effect of habitat and age on reproductive success of Imperial Eagles (Aquila heliaca) in Hungary. Ornis Hungarica, 22: 57-68.
(9) Martínez-Abraín, A. y Jiménez, J. (2016). Anthropogenic areas as incidental substitutes for original habitat. Conservation Biology, (doi:10.1111/cobi.12644).
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lunes, 16 de octubre de 2017

¿Tienes fuego?

No fumo, nunca he fumado. Pero esta frase hecha me pareció una buena manera de atraer la atención del lector hacia un tema complejo: los incendios forestales de grandes dimensiones. Es uno de esos campos para los que todo el mundo tiene una explicación. Quizás es lógico que sea así pues las causas son multifactoriales o, mejor aún, multidimensionales. Pero tratemos de poner un poco de orden dentro del aparente caos.

Cuando uno trata de explicar el porqué de algo en biología necesariamente tiene que hacer una distinción entre causas próximas y causas últimas. Y distinguir entre causas y mecanismos también. Así, jerarquizando, estableciendo niveles, se ven las cosas más claras. En el caso de los incendios forestales hay una causa próxima que salta a la vista: hay muchos incendios de gran extensión, porque hay mucha biomasa acumulada. Sin mucha biomasa acumulada no hay incendios grandes, simplemente.

Pero este primer paso sólo nos lleva a preguntarnos por qué hay tanta biomasa acumulada en nuestros montes. Y aquí es donde entra en juego la multifactorialidad. Vamos a intentar desglosar las distintas causas últimas que pueden haber llevado a esta situación.

Repoblaciones forestales: Buena parte de las masas forestales que tenemos actualmente son hijas de las repoblaciones forestales orquestadas primero desde la dictadura de Miguel Primo de Rivera (años 20 del siglo XX) y posteriormente desde el franquismo. En 1941 se creó el “Patrimonio Forestal Español” (PFE), organismo cuya misión fue potenciar la economía forestal española en plena postguerra, como defensa ante el aislamiento internacional que sufría el régimen dictatorial. La actividad fue frenética, especialmente en la década 1952-1962 y hacia 1965 el trabajo estaba acabado. En poco más de 20 años se había llenado la Península (especialmente el norte) de plantaciones extensas y continuas de pinos y eucaliptos (1).  Huelga decir que las repoblaciones emplearon especies que son o bien pirófitas (que necesitan el fuego para reproducirse) o bien pirófilas (que son beneficiadas por el fuego pero no dependen de él), lo cual no ayuda nada tampoco. Estas especies evolucionaron para sacar buena tajada biológica del fuego. 

Abandono del mundo ruralEste punto no existe desligado del anterior. Los planes desarrollistas del franquismo se articularon en dos etapas. Primero, el PFE invadió, robó y repobló los terrenos comunales de las comunidades agro-pastorales que eran vitales para el desarrollo de la agricultura, pues de ellos procedía el matorral de leguminosas que se empleaba para generar el abono de los huertos. Con ello puso a los agro-ganaderos y sus economías de subsistencia (que no de comercialización), contra las cuerdas. Una vez conseguido esto el franquismo, a través de los tecnócratas del Opus Dei, da una segunda vuelta de tuerca a la situación y crea el “Plan de Estabilización” (PE). Es decir, surgen grandes factorías y polígonos industriales en las ciudades principales y se fomenta la emigración desde el mundo rural a las ciudades. La mayoría de nosotros somos hijos urbanitas de padres campesinos que vivieron ese tránsito. A resultas de todo ello el campo se vacía y todas las actividades extractivas que se realizaban hasta entonces (que tenían al bosque reducido a una mínima expresión) desaparecen o se minimizan, lo que fomenta la expansión del mundo arbóreo. Seguramente no hemos tenido tanta superficie forestal desde hace muchos siglos.

La raíz de este proceso se podría remontar hasta la importación del capitalismo en este país, de manos de los liberales de Práxedes Mateo Sagasta, quienes trataban con ello de acabar con el secular caciquismo, relicto del medievo. Y también hasta la desamortización de los terrenos comunes practicada por Pascual Madoz. El único tipo de propiedad que se veía rentable para "salir del atraso" era la propiedad individual y así los terrenos comunes empezaron su declive ya desde mediados del siglo XIX (1). Así pues las causas de los incendios de hoy en día hay que buscarlas ¡más de 150 años atrás!

Maquia termomediterránea arbolada con Pinus halepensis, ocupando una umbría valenciana donde la vegetación potencial es la carrasca Quercus ilex ballota. Un auténtico polvorín. La gran acumulación de biomasa es la causa próxima de la gran extensión de los incendios forestales actuales, a su vez debida sobre todo al abandono del rural y la ausencia o escasez de grandes herbívoros (causas últimas). Foto del autor.

Herbivoría: El abandono del rural y la expansión del bosque han conllevado la expansión de algunos pequeños herbívoros, notablemente el corzo. Pero en nuestros montes falta la herbivoría (ramoneadores y pastadores) del Pleistoceno, la de los grandes mamíferos herbívoros (el caballo salvaje, el uro, los asnos salvajes, el ciervo en muchos sitios). Esa labor fue sustituida en el mundo agrosilvopastoral por la apertura de bosques para la agricultura y por la labor de la gran fauna doméstica (vacas, caballos, burros, cabras, ovejas). Muerto el mundo rural muere también esa importante labor de aclarado de los montes. Es decir, las masas forestales extensas, amantes del fuego, son además demasiado densas. Más densas de lo normal, de lo natural, por así decirlo.

Debido a estas causas últimas llegamos hasta la causa próxima y por todo ello tenemos hoy en día un sustrato base muy favorable para la ignición, especialmente en los secos y tórridos veranos mediterráneos, o en años con condiciones meteorológicas especiales, como pasó en diciembre de 2015 en Asturies, donde los efectos del fenómeno El Niño (escasez de lluvias, altas temperaturas, vientos fuertes) provocaron una oleada de más de cien incendios.  O en octubre de 2017 en Portugal y sur de Galicia, donde meses de intensa sequía y fuertes vientos provocados por un inusual huracán (el Ofelia) causaron una auténtica hecatombre. Sobre ese sustrato pueden actuar diversos mecanismos de ignición (que habitualmente son tildados de causas).

Azarosos o estocásticos: el caso paradigmático sería el rayo, en las tormentas secas mediterráneas. No es el caso en la región eurosiberiana de la Península Ibérica, pero en el resto de ella (de carácter mediterráneo) la coincidencia en los estíos de las temperaturas más altas con la ausencia de lluvias genera un cocktail muy proclive a los incendios, de manera espontánea. 

Accesibilidad: La colilla que cae desde la ventanilla del coche y por casualidad acaba prendiendo parece un factor estocástico a primera vista, pero muchas veces es consecuencia casi determinista de la mayor accesibilidad a las masas boscosas que generan la apertura de pistas y carreteras en las montañas. 

Históricos: la continuidad de viejas prácticas, como las quemas de rastrojos, podas, matorral, que en los paisajes de antaño era imposible que se nos escapasen de las manos, ahora se convierten en una fuente de peligro. Actividades que “se han hecho toda la vida”, ahora están fuera de sitio en los nuevos paisajes cargados de biomasa.

Sociales: las rencillas entre vecinos o los intereses contrapuestos entre miembros de las comunidades de montes (ganaderos que prefieren espacios abiertos, pastos, frente a otros más interesados en el provecho forestal).

Económicos: aquí entrarían motivos de índole moderna, capitalista, como los intereses urbanísticos o las corruptelas ligadas a la extinción de los incendios. Buena prueba de ello es la facilidad con la que arden los montes cuando las leyes permiten la urbanización del territorio en los terrenos quemados o la venta de madera quemada. Es una invitación a “darle” fuego al monte. También lo son las subvenciones de la Política Agraria Comunitaria a las superficies de pasto para el ganado, que pueden ser percibidas a partir de que haya transcurrido un año del incendio. Los cambios tecnológicos en las empresas papeleras, que pueden preferir un tipo de árbol frente a otro (eucaliptos frente a pinos o eucaliptos finos en lugar de eucaliptos gruesos) puede ser otro motivo de ignición. 

Es útil mantener este esquema jerárquico en mente: causas últimas, causas próximas y mecanismos, sin confundir los unos con los otros, para poder atajar el problema de raíz. 

Recapitulando
En definitiva, no se equivoca del todo el paisano cuando dice que el monte arde porque “está sucio”. Claro, a los ojos del ecólogo y del naturalista, el monte “sucio”, lo que se dice sucio, no está. No tiene basura y la vegetación que vemos es la sucesión ecológica avanzando hacia la vegetación potencial de la zona, recuperando el terreno y el tiempo perdidos, como defendía yo mismo en un Detective ya antiguo (2). Pero hemos de entender lo que quiere decir el paisano. Antaño no había casi bosque. Antaño el poco bosque que había estaba muy aclarado por las extracciones de matorral y por la acción de la herbivoría del ganado doméstico. Y antaño no había incendios tan extensos que ni los hidroaviones pudieran apagar. Hogaño, los pocos y aclarados bosques que teníamos eran sobre todo de frondosas, no de especies pirófitas. Además nuestras masas forestales en recuperación (pongamos una maquia con pinar asociado que camina hacia un encinar) tienen más densidad de matorral del que sería esperable en un paisaje prístino europeo lleno de grandes herbívoros salvajes. Al menos en este aspecto no se equivoca el nativo al exclamar que el monte está sucio. Obviamente él o ella también se refieren a que los árboles ocupan ahora el lugar que décadas atrás era terreno de pasto o zona de cultivo, ganados al bosque con mucho trabajo de sus antepasados. Nosotros sin embargo vivimos esa expansión como algo bueno, como una recuperación de la naturaleza. Pero no hay que olvidar sin embargo que muchas de las especies que caracterizan a la fauna europea silvestre que ha llegado hasta el siglo XXI son especies de espacios abiertos, seleccionadas a lo largo de  milenios de actividad humana. Así pues el regreso del bosque es bienvenido pero se cobrará sus bajas en forma de menos perdices, menos conejos, menos alondras, menos mariposas y menos anfibios. Y más incendios. Muchos más y mucho más grandes. Ya se lo está cobrando de hecho. 

Tal vez los mecanismos autoreguladores se pongan en marcha de nuevo. La crisis económica del mundo basado en el capital sin controles, la crisis de las grandes ciudades poco vivibles, en paralelo con la recuperación de las masas forestales, empieza a atraer gente de vuelta al rural. Puede que los neorurales se conviertan en los nuevos pastores de la biodiversidad, aunque los pioneros lo tendrán muy difícil. Desde luego no podemos esperar que las administraciones puedan manejar el paisaje para mantener grandes zonas abiertas a la fuerza, artificialmente. No creo que sea deseable, desde el punto de vista de la conservación, el regreso a un pasado con un rural superpoblado en el que los bosques queden reducidos a pequeñas manchas y el lobo y la comadreja vuelvan a ser enemigos públicos. Pero el regreso de cierta cantidad de urbanitas concienciados, con nuevas prácticas, nuevas éticas y nuevos objetivos, es probablemente lo mejor que lo podría pasar a la diversidad biológica ibérica. Hasta las especies más forestales, como el urogallo del Pirineo, no llevan bien estos nuevos bosques nuevos tan densos, con poca herbivoría donde a las crías les resulta difícil tener largas distancias de huida de los abundantes depredadores (3). Y desde luego la única manera de acabar con esos devastadores incendios de hoy en día es restarle biomasa al monte, mediante aprovechamientos racionales y de intensidad intermedia y empleando al ganado como sustituto de la megafauna perdida.


Referencias citadas
(1)   Pérez Pintos, X. 2009. Historia contemporánea da destrucción da natureza en Galicia. Edicions A Nosa Terra.
(2)   Martínez-Abraín, A. 2009. Paisajes inventados. Quercus 282:6-7. 
(3)  Fernández-Olalla, M. y colaboradores. 2012. Assessing different management scenarios to reverse the decline of a relict capercaillie population: A modelling approach within an adaptive framework. Biological Conservation 148:79-87. 
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lunes, 25 de septiembre de 2017

¿Espacios protegidos o no?

La declaración de espacios protegidos fue un paso necesario, pero no suficiente, para conservar la diversidad biológica. El destino natural de un espacio protegido es ser abandonado por las especies que en su día lo propiciaron y justificaron.

Hemos avanzado mucho desde la declaración de Picos de Europa y Ordesa como parques nacionales en 1918. Han pasado casi cien años e imagino que habrá previstas grandes celebraciones para el año que viene. Por el camino no hemos estado de brazos cruzados: contamos ahora con más de 1.500 espacios protegidos bajo diversas categorías, lo que representa más del 25% de nuestro territorio. Toda esa política de protección fue absolutamente necesaria cuando las autonomías adquirieron competencias en materia ambiental hacia mediados de los años ochenta. La naturaleza se encontraba entonces en cotas muy bajas de conservación. La superficie forestal venía creciendo a fuerza de repoblaciones desde los años cuarenta, pero los ecosistemas acuáticos tocaban fondo debido al incremento de la contaminación. Urgía detener determinados procesos y cambiar de rumbo. En ese contexto histórico los espacios protegidos fueron un acierto. Mayor o menor según los casos, pero positivo en términos generales. Ha llovido mucho desde entonces y ahora podemos mirar hacia atrás con cierta perspectiva, y también hacia adelante con nuevos ojos. 

Grupo de focas monje en una de las cuevas donde se refugian en las costas acantiladas de Cabo Blanco (Mauritania). Nuestro objetivo no debe ser sólo conservar las especies en sus antiguos refugios, convertidos en espacios protegidos, sino sobre todo conseguir unas buenas condiciones fuera de ellos. Foto M.A.Cedenilla/CBD-Habitat. 
Refugios y hábitats de sustitución
Es importante darse cuenta de que los primeros espacios protegidos los creamos donde aún quedaba algo de fauna. Y, también, que tales espacios no eran necesariamente los mejores para esa fauna. En muchos casos eran lo que ahora se denomina “refugios ecológicos”, es decir, espacios de menor calidad que los animales colonizan cuando los lugares óptimos han sido ocupados o transformados por la actividad humana. Por ejemplo, a lo largo de nuestra historia hemos perdido, o reducido a su mínima expresión, lugares de primera magnitud como las lagunas de Antela, La Janda o La Nava. Las aves acuáticas que las ocupaban tuvieron que dirigirse a espacios de menor tamaño donde la presión humana era mayor. Las llanuras con buen suelo fueron casi totalmente dedicadas a la agricultura, de modo que hasta la ganadería fue relegada a zonas más altas y con pendiente moderada, en buena medida a costa del bosque. En otros casos, los antiguos espacios naturales habían sido duramente transformados pero aún conservaban buena parte de su atractivo original, caso de arrozales, salinas o muchas estepas cerealistas. En definitiva eran lo que ahora denominamos "hábitats de sustitución" (1). Pero conviene tener presente que refugios y hábitats de substitución fueron la materia prima de los espacios protegidos.

Usos tradicionales y espacios protegidos
En general, hemos abandonado muy rápido las fórmulas tradicionales de explotación agraria, ganadera y forestal, incluso dentro de los propios espacios protegidos, pensando que era mejor para la flora y la fauna que queríamos conservar. Por ejemplo, la interrupción de sacas, quemas y pastoreo ha dado alas a la sucesión ecológica y los espacios protegidos, antaño mantenidos en un estado infantil, han crecido hasta hacerse mayores. Eso ha beneficiado a unos cuantos especialistas forestales, pero a costa de perjudicar a muchos depredadores cuya dieta se sustentaba fundamentalmente en el conejo y la perdiz, presas que gustan de espacios abiertos. Lo mismo puede decirse de las plantas que prefieren los ambientes soleados. No es casualidad que las águilas imperiales se salgan ahora del monte mediterráneo protegido y ocupen zonas agrícolas donde abunda el conejo. Siempre que cuenten con algún árbol grande para instalar el nido, ya sean chopos, eucaliptos o pinos. Lo mismo ocurre con los linces en Sierra Morena que ahora se salen del monte mediterráneo a los olivares en busca de conejos. En Galicia hemos detectado que la principal causa de  disminución de anfibios  es el abandono del mundo rural y el avance de la vegetación sin control, factores de mayor calado que otros considerados más graves, como enfermedades emergentes, atropellos y especies invasoras (2).

Zonas protegidas aisladas
Los espacios protegidos son por definición islas, pues están rodeados de una matriz de terreno inhóspito. El número de especies que alberga una isla es un compromiso dinámico entre las que se extinguen y las que llegan como colonizadoras. Si la colonización se ve interrumpida por una barrera infranqueable, el destino de los espacios protegidos es perder especies de forma paulatina. Además, si los fragmentos protegidos son cada vez más pequeños, desaparecen más rápidamente aquellas especies que necesitan áreas de campeo extensas, o las que prefieren vivir lejos de sus bordes. Todo esto se ve muy bien en los retazos de selva tropical a medida que se hacen más y más pequeños. 

Pero lo más curioso es que perder especies en un espacio protegido no siempre es un fracaso para la conservación. Como decíamos al principio, los espacios protegidos se declararon a partir de aquellos lugares que aún albergaban flora y fauna, muchos de los cuales tenían una calidad menor de la deseada. Si ahora, tras décadas de aplicar la legislación ambiental, ha aumentado la calidad de los lugares situados fuera de los espacios protegidos, es de esperar que muchas especies los colonicen dado que fuera las cosas ya no están tan mal.

Los aguiluchos cenizos de Castellón
Es un desplazamiento parecido al éxodo rural humano. A veces sólo sucede tras un impacto que fuerza a los individuos a dispersarse y explorar nuevos territorios. Sin ese mazazo inicial, la pereza y la rutina tienden a imponerse y los límites del área de campeo se mantienen fijos. Eso fue lo que les pasó a buitres leonados y aguiluchos cenizos en la provincia de Castellón, tras sendos golpes asestados por la construcción de parques eólicos y el tan célebre como innecesario aeropuerto (3). Tras dispersarse fuera de sus zonas de confort, unos refugios no protegidos por la ley, las poblaciones aumentaron rápido y de forma considerable. También se aprecia en los aguiluchos cenizos que se refugiaron en el Parque Natural Prat de Cabanes-Torreblanca (Castellón) a mediados de los 80, un humedal costero subóptimo para ellos, tras los numerosos incendios de los años setenta. A partir del año 2000 los aguiluchos empezaron a abandonar el parque y la única explicación que hemos encontrado a este hecho insólito es la baja frecuencia de los incendios forestales en el interior de Castellón y con ello la recuperación de una densa maquia de coscoja que ha facilitado que las rapaces nidificaran. La señal para dispersar desde el Prat de Cabanes fue un cambio en la estructura local del hábitat, asociado al abandono de la ganadería y a la interrupción de las quemas del carrizal tras protegerse el espacio. Como en el caso de una familia bien avenida, la situación ideal es que los hijos vuelen por sí mismos y se vayan de casa en busca de las condiciones que ellos estimen idóneas. Lo importante es que tales condiciones existan en otra parte. A veces, la causa de la dispersión son los inevitables conflictos generacionales y no sólo que la habitación se haya quedado pequeña o la curiosidad por conocer nuevos horizontes. Pero lo más importante es que haya otro sitio a donde ir. 

El futuro de las zonas protegidas
Por tanto, lo mejor que podemos hacer es gestionar el territorio de forma integral. Pocos espacios protegidos nuevos son ya necesarios. La prioridad debería ser aplicar la normativa protectora fuera de ellos y ampliar así el campo de acción a territorios de alta calidad ahora “vacíos” de fauna y que, tarde o temprano, acabarán por ser descubiertos. Nuestra actual legislación es más que suficiente para lograr ese objetivo. Los osos o los quebrantahuesos han de abandonar sus históricos refugios de la alta y agreste montaña. Las focas monje no deben volver a las cuevas de islas e islotes, sino a las playas continentales de donde son originarias. Los flamencos no criarían en salinas si hubiera marismas costeras de igual o mejor calidad. Hemos de hacer que todo esto sea posible. No lo hemos hecho mal en estos últimos treinta años, pero sólo habremos triunfado del todo cuando la flora y la fauna sean similares tanto fuera como dentro de los espacios protegidos. No perdáis de vista este objetivo. La era del espacio protegido como fin último y primordial ya ha pasado. Como la era de la televisión.

 Agradecimientos
Juan Jiménez y Pilar Santidrián comentaron un borrador del artículo. Pedro Galán me facilitó un informe inédito sobre la herpetofauna de Corrubedo.
  
Bibliografía

(1) Martínez-Abraín, A. y Jiménez, J. (2016). Anthropogenic areas as incidental substitutes for original habitat. Conservation Biology, 30: 593-598.
(2) Galán, P. (2016). Monitorización de la herpetofauna en el Parque Natural do Complexo Dunar de Corrubedo e Lagoas de Carregal e Vixán (Ribeira - A Coruña). Dirección General de Conservación de la Naturaleza. Xunta de Galicia. Informe inédito.
(3) Oro, D.; Jiménez, J. y Curcó, A. (2012). Some clouds have a silver lining: paradoxes of anthropogenic perturbations from study-cases on long-lived social birds. PLoS ONE, 7 (8): e42753. doi:10.1371/journal.pone.0042753.
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domingo, 3 de septiembre de 2017

Ríos vivos

Los habitantes de las ciudades del siglo XXI tenemos una imagen bastante idealizada o estereotipada de los ríos. Entre otras razones, porque ya no mantenemos una convivencia tan estrecha con estos peculiares ecosistemas como en el pasado.

Sí, nuestra visión de los ríos está cuajada de mitos por falta de un contacto real con ellos. Además, los hemos conocido tras el desarrollo de las grandes ciudades y sus correspondientes polígonos industriales, de manera que ya estaban contaminados y degradados. El actual enfoque idealizado imagina a los ríos con propiedades sencillamente opuestas a las que tienen los ríos que consideramos degradados. Veremos si es acertado o no ese razonamiento por oposición, tan habitual entre los conservacionistas, y qué matices pueden modularlo.

¿Los ríos bien conservados son de aguas transparentes?

Un río con aguas negruzcas o espuma en los remansos despierta en la mayoría de la gente una sensación de rechazo o, al menos, de alarma. Los ríos en estado prístino han de ser de aguas transparentes, reza nuestro mantra. Una escena, sin embargo, que sólo es propia de las cabeceras, donde aún no ha dado tiempo para que sus aguas se carguen de forma natural de exudados vegetales. Los taninos, por ejemplo, son sustancias orgánicas que las plantas han desarrollado a lo largo de su evolución como defensa frente a los herbívoros. Suelen ser hidrosolubles y se mezclan fácilmente con el agua dotándola de un color opaco. Los ríos con aguas oscurecidas debido a este proceso no están contaminados sino sanísimos. Un ejemplo paradigmático de río de aguas oscuras es precisamente el río Negro, el mayor afluente del Amazonas, que recorre tierras de Colombia, Venezuela y Brasil.

Lo mismo sucede con esas espumas que a veces vemos en las zonas turbulentas. La espuma es sólo una fina capa globular de líquido que encierra algún gas en su interior (normalmente aire) y puede producirse por fenómenos naturales, no sólo como consecuencia de la depuración de aguas residuales. Puede aparecer por aportes espontáneos de materia orgánica y lo mismo ocurre en el mar, donde habitualmente se denomina “resaca marina”. La espuma marina es el resultado de una interacción entre episodios biológicos, como las explosiones de plancton, y procesos fisicoquímicos que alteran la tensión superficial del agua. Por otro lado, el viento puede mover esas espumas a las zonas remansadas o resguardadas, tanto de ríos como de costas. No obstante, son muy llamativas y tiene sentido que las asociemos a contaminación, porque por desgracia hemos convivido con ella. Pero no siempre es así, y cada vez menos. Los ríos siempre han tenido espuma, sobre todo los que discurren por cuencas ricas en materia orgánica. 

Cauce del río Barragán (Pontevedra). Las aguas oscuras y la presencia de espuma en los remansos no son necesariamente indicadores de contaminación. Ambos rasgos pueden deberse a causas naturales. Foto del autor. 
¿Los ríos bien conservados no tienen barreras?

Un mito aún más extendido que el anterior es que el agua de los ríos corre libremente y cualquier obstáculo va en detrimento de su biodiversidad. Esta visión fluyente se debe a dos contingencias históricas, una más reciente que la otra. Durante nuestra larga etapa de vida agro-silvo-pastoral convenía mantener a los ríos corrientes para prevenir indeseadas inundaciones, de manera que se retiraban los árboles caídos. Además, muchos bosques de ribera habían sido reducidos a su mínima expresión para aprovechar los pastos de las orillas y no había, por tanto, demasiados árboles que pudieran caer por viejos o a causa del viento.

Más recientemente hemos vivido al margen de lo que me gusta denominar “la era del castor”. Los castores eran los grandes ingenieros hidráulicos de nuestros ríos y tenían un efecto apreciable sobre ellos. Son roedores gigantes, sólo superados en tamaño por los capibaras de Suramérica. Los roedores surgieron hace unos 75 millones de años y son un grupo de gran éxito, ya que representan el 40% de los mamíferos (1) y han sido capaces de colonizar todo tipo de hábitats. Los castores, en concreto, son un elemento clave de los ríos pues cumplen tareas ecosistémicas equiparables a las de elefantes o termitas en la sabana africana. El género Castor sólo incluye dos especies actuales, el castor norteamericano (Castor canadensis) y el castor europeo (Castor fiber), presente en la península Ibérica hasta hace unos pocos siglos (1). Los castores abaten árboles de ribera, construyen presas con ellos y, en condiciones favorables, los lagos resultantes pueden llegar a medir kilómetros. De hecho, sus barreras son la mayor construcción al alcance de un animal terrestre (2). Los lagos que crean introducen heterogeneidad en las cuencas fluviales, bien recibida por una hueste de plantas y animales que prefieren las aguas remansadas a las aguas corrientes. Entre sus beneficiarios estarían las nutrias, que a la más mínima oportunidad nos demuestran cuán felices son en aguas calmas. Bien pensado, las condiciones ecológicas de los ríos son muy exigentes y sólo puede habitarlos un puñado de especies altamente especializadas. Por el contrario, las aguas mansas son más habitables y hay muchas especies capaces de colonizarlas.

Las pequeñas presas de molino hacían un papel sustitutivo de las presas de castor cuando estos roedores poblaban nuestros ríos. Al crear aguas remansadas introducen heterogeneidad en el río y aumentan su biodiversidad. Foto del autor. 
El caso es que, durante nuestra pasada vida rural, llenábamos los ríos de pequeñas represas y canales de derivación para alimentar acequias, molinos y batanes. Unas represas que poco tenían de negativo y mucho de sustitutas de las barreras que antaño construían los castores. La idea de eliminar ahora cualquier tipo de barrera no es necesariamente positiva para los ríos. No hablo de las grandes presas, que requieren costosos dispositivos para permitir el paso a los peces migratorios. Muchas de ellas son prescindibles o están obsoletas y el actual movimiento mundial para eliminar grandes presas traerá muchas consecuencias positivas. Sin embargo, a menor escala, haríamos bien en estudiar individualmente cada pequeña barrera antes de tomar una decisión radical sobre su permanencia. A veces las opciones intermedias, como las presas que sólo están activas de forma temporal, pueden ser una solución biológicamente óptima y de consenso social. La razón suele estar en el término medio.

¿Los ríos bien conservados cuentan con bosques de ribera?

Solemos pensar que, como antaño eliminamos la mayor parte del bosque, todo lo que sea recuperación forestal es algo positivo. Sí, pero con matices. No hace falta convencer a nadie de las bondades archi-sabidas del bosque de ribera. Son muchas las campañas de concienciación que se han organizado para que todos lo tengamos bien internalizado: protegen las orillas, oxigenan el agua, reducen la temperatura con su sombra y sirven de refugio y corredor tanto a la flora como a la fauna. Pero, si pensamos un poco más allá, reconoceremos que en torno a los lagos de los castores no quedaría un árbol ribereño en pie y que esas zonas tenían que sufrir una alta insolación. O sea, había reservas de agua, de mayor o menor tamaño, someras y además bien soleadas. No se puede pedir un mejor cazadero si uno es un depredador de “sangre fría” (ectotermo), como las truchas. Aunque están encantadas de disponer de zonas umbrías para reproducirse necesitan zonas soleadas donde su cuerpo pueda alcanzar la temperatura necesaria para activarse y cazar. Así pues, un río bueno para las truchas ha de ser un río con ambos ambientes, no con una sombra continua.

En el pasado la gente quería tener truchas en los ríos y, a propósito o no, las conseguía al favorecer la existencia de zonas soleadas que se abrían al eliminar parte del arbolado de ribera. Como en el caso de la agricultura, que sustituyó en su labor desbrozadora a la gran fauna de mamíferos herbívoros heredada del Pleistoceno, la actividad humana ha asumido funcionalmente la tarea decisiva de los castores en los ríos europeos. Ahora equiparamos erróneamente el concepto de conservación con dejar los ríos intactos. Pero, al menos desde el Mioceno, nuestros ríos han tenido tumbadores de árboles, constructores de presas y gestores de la diversidad. Si nuestro afán es que los ríos estén rebosantes de vida, haríamos bien en no perder de vista esta fundamental pieza de información. No sé si los castores caben o no en la España del siglo XXI, pero desde luego imitarlos no costaría nada. Lo otro, imagino que el tiempo lo dirá.

 Bibliografía

(1) Cuenca, G. y Morcillo, A. (2016). Fósiles de castor europeo en el Cuaternario de la península Ibérica. Quercus, 369: 52-55.
(2) Dawkins, R. (2009). El cuento del antepasado: un viaje a los albores de la evolución. Antoni Bosch. Barcelona.
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martes, 1 de agosto de 2017

Sobre el nicho ecológico

La historia de la ciencia está plagada de conceptos resbaladizos o expresados mediante palabras inadecuadas. La idea de “nicho ecológico” reúne ambos problemas: es una expresión desafortunada y difícil de manejar.

Muchas veces creemos dominar un concepto científico y en realidad no es tan así. Pensemos, por ejemplo, en el principio de incertidumbre de Heisenberg, según el cual no es posible determinar a la vez la posición y la velocidad de una partícula. A mí, como a la mayoría, me enseñaron en su día que ese principio no es distinto del denominado “efecto observador”. Por ejemplo, si queremos determinar la posición de una partícula hemos de iluminarla y al iluminarla la bombardeamos con fotones, con lo cual alteramos su velocidad. Pero, al parecer, el principio del sabio alemán no tiene nada que ver con que estemos observando o no, siendo más bien una propiedad intrínseca de los sistemas cuánticos, ligada a la dualidad onda-partícula. En fin, que no lo entendió bien ni nuestro profesor de turno ni nosotros mismos.

Con el concepto de “nicho ecológico” pasa algo parecido: a menudo lo entendemos mal. El error se debe en parte a la desafortunada elección de una palabra, “nicho”, que nosotros asociamos en la vida diaria con algo físico, con un lugar. En realidad, la primera noción de nicho ecológico nació un poco con esa idea. Fue formulada por Joseph Grinnell en 1917, hace ahora un siglo, y constituye una descripción detallada del ambiente, del hábitat en el que vive una especie. Por ejemplo, diríamos que el nicho de los desmanes ibéricos (Galemys pyrenaicus) es la cabecera impoluta y oligotrófica de los ríos del norte peninsular y nos quedaríamos tan panchos. Por cierto, imaginad qué cara se nos queda si, al mejorar la calidad de las aguas en los tramos medios y bajos de los ríos, empezamos a encontrar desmanes fuera de las partes altas, fuera de sus refugios históricos, como ocurre en la actualidad.

Espátulas, gaviotas y limícolas comparten una marisma. Más que existir de antemano, los nichos ecológicos se construyen de forma dinámica mediante interacción con las demás especies de la comunidad y con las características propias del ambiente abiótico (Foto del autor).
Evolución del nicho ecológico
Pero el concepto de nicho ha ido evolucionando sin parar a través de la historia de la ecología. En 1927, una década después de Grinnell, apareció el famoso Animal Ecology de Charles Elton, donde se plantea una idea de nicho más funcional, es decir, más relacionada con el papel que desempeña cada especie en el seno de las comunidades y los ecosistemas. Desde esta perspectiva diríamos, por ejemplo, que el nicho ecológico de los colibríes es el de consumidor de néctar y polinizador de grandes flores tropicales. A esta concepción más dinámica se la conoce como “nicho eltoniano”.

Tres décadas más tarde, en 1957, el gran ecólogo norteamericano George Evelyn Hutchinson dio otro giro al concepto definiéndolo como un “hiperespacio multidimensional”, definido por las necesidades y propiedades de un organismo. Así pues, Hutchinson construye su propuesta sobre la idea de la funcionalidad de Elton, pero también sobre la visión estática de Grinnell. De hecho, hace una mezcla de ambas. El nicho es algo físico (pero difícil de concretar, porque tiene muchísimas dimensiones), dimensiones que vienen definidas por las propiedades de la especie (las funciones que desempeña en el sistema).

Tendremos que esperar hasta 1985 para ampliar la idea de nicho sugerida por Hutchinson. Fue entonces cuando entró en escena Daniel Janzen, otro gran ecólogo estadounidense, quien desarrollaría el concepto de “encaje ecológico” (ecological fitting) en una serie de artículos encargados por la revista Oikos (1). Llegaron a formar parte de una sección propia llamada Los pensamientos de Dan Janzen desde el trópico y estaban inspirados en el trabajo que desarrollaba en los bosques tropicales secos del Parque Nacional de Santa Rosa, en el Pacífico costarricense. Para mí, esta idea de Janzen es el primer germen de lo que ahora conocemos como “construcción del nicho”, la más en boga en relación con el concepto de nicho ecológico. Según Janzen, las especies encajan en sus comunidades de forma proactiva, cooperando o a codazos, pero moviéndose en el tiempo ecológico. Ya lo dijo Antonio Machado en su célebre verso “caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Incertidumbre ecológica
Así pues, las definiciones de nicho ecológico anteriores a Janzen son visiones de las especies idealizadas y fijas en el seno de sus comunidades. Pero la entrada de un nuevo elemento en una comunidad rica en especies es como una revolución que puede traer pareja la definición de nuevos nichos. Por tanto, tiene poco sentido decir que las comunidades están saturadas. Tampoco sería acertado decir que hay nichos vacantes, porque los nichos se definen al andar. Es un concepto teórico inmanejable que sólo cobra sentido en la práctica, cuando se describe una vez establecido.

No basta con la distinción de Hutchinson (2) entre “nicho fundamental” (el nicho potencial de una especie, en ausencia de competidores) y “nicho realizado” (el nicho, más estrecho, que en realidad ocupa por las limitaciones impuestas por otras especies competidoras). No conocemos la potencialidad real de una especie hasta que ha sido expuesta a nuevas condiciones, incluidos sus competidores, y vemos cómo reacciona. El nicho fundamental o potencial es indescriptible. Es como si tratáramos de definir el riesgo potencial de invasión de una especie nueva que se incorpora a un sistema natural en el que no haya evolucionado. Hasta que no se inserta no sabemos cuál es su capacidad para invadirlo. No puede predecirse de antemano de acuerdo a sus características fisiológicas porque el éxito de la invasión depende de la especie implicada pero en interacción con los factores bióticos y abióticos del nuevo ecosistema.

Definición del nicho a posteriori

Las comunidades no se ensamblan siguiendo únicamente reglas deterministas, como defendía Frederic Clements, sino que el azar juega un papel muy importante tanto en la dispersión como en la colonización. Esto fue lo que propusieron Henry Gleason y más tarde Stephen Hubbell en en su teoría neutra de la biodiversidad y la biogeografía (3). De manera que tratar de definir el nicho a priori es más bien una pérdida de tiempo. Los nichos sólo pueden definirse a posteriori, tras los avatares de la colonización de un ecosistema, y están sujetos a cambios relacionados con las características del biotopo, la llegada de nuevas especies o la extinción de las ya presentes. Así que el nicho es una idea sólo útil a efectos humanos de clasificación y no contiene en sí demasiada información ecológica.

La observación de una misma especie en condiciones cambiantes, tanto en las características físicas del medio como en la composición de su comunidad, nos permitiría medir un parámetro con más contenido: su “plasticidad ecológica”. Este concepto equivale al más antiguo de “valencia ecológica” e incorpora los componentes bióticos y abióticos de un ecosistema. Nadie habría pensado que un pájaro carpintero como el pito verde (Picus viridis), con una anatomía diseñada por selección natural para vivir entre los árboles, pudiera alimentarse también de hormigas en el suelo y, sin embargo, lo hace. Desde luego, todos estos conceptos son construcciones de la mente simbólica humana, pero me gusta pensar que algunos pueden aplicarse de manera absoluta y no según el contexto. Aunque quizá eso sólo suceda en el mundo de la física. Puede que en biología no haya un solo concepto que no dependa de las circunstancias: exclusión competitiva, denso-dependencia, respuestas funcionales, equilibrios, compromisos…

Ya lo decía Ortega y Gasset: “yo soy yo, y mis circunstancias”. Y cambio con mis circunstancias, aunque sea dentro de unos límites. Lo mismo puede decirse de los demás componentes de la biosfera. Nuestros conceptos deben ser manejados con cuidado y lejos del habitual dogmatismo (4). En general, me parece que es más sano acercarse a ellos desde la duda que desde la fe ciega.

 Bibliografía

(1) Janzen D. (1985). On ecological fitting. Oikos, 45: 308-310.
(2) May, R. y McLean, A. (2007). Theoretical ecology: principles and applications. Oxford University Press. Oxford.
(3) Hubbell, S.P. (2001). The unified neutral theory of biodiversity and biogeography. Princeton University Press. Princeton.
(4) Martínez-Abraín, A. y Oro, D. (2013). Preventing the development of dogmatic approaches in conservation biology: a review. Biological Conservation, 159: 539-547.
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lunes, 3 de julio de 2017

¿El estigma de la biosfera?

Tenemos una fuerte tendencia a pensar que el ser humano es malo por naturaleza. Malo para los demás seres humanos y un cáncer para la biosfera. Intentaré argumentar que no es tan así. Tenemos una percepción sesgada de nosotros mismos debido a añejas cargas históricas, lecturas equivocadas de las evidencias científicas y un profundo desconocimiento de nuestra propia especie.

Los españolitos hemos nacido y crecido en el seno de una civilización dominada por la cultura judeocristiana. Llevamos la culpa a cuestas y hemos de pasar por el rito bautismal para limpiarla. Mal comienzo. La culpa se denomina “pecado original” y lo cometieron Adán y Eva al probar la fruta del árbol del conocimiento. En primer lugar, defenderé que el relato del Génesis narra de manera metafórica el tránsito del Paleolítico al Neolítico en Oriente Próximo hace unos 5.000 años (1). Y, en segundo lugar, que dicho tránsito no se hizo de forma voluntaria, por mucho que discrepe Harari en su exitoso libro sobre nuestra especie (2). Nos vimos forzados a intensificar la agricultura por la llegada del buen tiempo en el periodo interglaciar, que nos dejó sin grandes extensiones de pastizales y, por ende, sin proteína animal.

Nadie en su sano juicio hubiera querido “ganarse el pan con el sudor de su frente” cuando podía salir a recoger y cazar por ahí fuera. Por tanto y para empezar, nunca hubo un pecado. Todo el camino que hemos andado como especie lo hemos hecho de la mano del clima, que es quien realmente manda aquí. Las grandes transiciones de nuestra historia (abandono de la selva, adquisición de una mente simbólica, salida de África, decadencia de la caza-recolección, grandes guerras y revoluciones) han venido todas determinadas por el clima.

Setos, prados y bosques en Asturias. Las fórmulas tradicionales de explotación agrosilvopastoral sustituyeron el papel funcional de la gran fauna de herbívoros del Pleistoceno y generaron un paisaje en mosaico que ha preservado la diversidad biológica. (Foto del autor)

Cuestiones históricas
Ya tenemos aquí al ser humano del Neolítico, víctima del clima y cavando la tierra, primero con palos y luego con arados. Ahora bien, el paso al Neolítico ¿representó la destrucción de la diversidad biológica del anterior paraíso? Solemos decantarnos por un sí. Sin embargo, cada vez resulta más patente que el ser humano sólo fue la puntilla de la gran fauna de mamíferos del Pleistoceno y que la agricultura sustituyó el papel funcional de los grandes herbívoros robando espacio al bosque. Por eso los mosaicos agrosilvopastorales del Mediterráneo han preservado hasta nuestros días la diversidad faunística anterior al Holoceno. Sí es cierto que, aunque hemos preservado la variedad de formas y generado otras nuevas por domesticación, hemos perjudicado a las especies forestales y favorecido a las que viven en espacios abiertos. También hemos reducido las abundancias.

Pero donde más se nota nuestra mano es en las islas. Muchas especies pleistocenas procedentes del continente encontraron allí refugio hasta la llegada de los primeros humanos. Las islas son un caso especial porque albergan un bajo número de especies y en escasa abundancia absoluta, a pesar de su alta densidad local. Un hecho típico en zonas aisladas y de pequeño tamaño. Allí, en comparación con el continente, los efectos negativos humanos se amplifican. A ello hay que añadir el carácter manso de la fauna isleña debido a la ausencia de depredación. En las islas sí podríamos decir que hemos sido “malos”, en el sentido de llevar a sus formas exclusivas hasta la extinción. Simplemente en ellas cometimos el error de aplicar las mismas estrategias de explotación que en el continente. En las islas es muy difícil o directamente imposible que las bajas sean reemplazadas desde poblaciones fuente. De hecho la mayor parte de las especies de vertebrados extintos en los últimos milenios (o siglos) son isleñas. Nosotros no somos especies isleñas y nos comportamos como si siguiéramos en el continente. Una equivocación cometida archipiélago tras archipiélago, a lo largo y ancho de la faz de la Tierra.

Pero en los continentes, donde se encuentra la mayor parte de la fauna, la historia es diferente. Las poblaciones de muchas especies rebotan a partir de pequeños núcleos relictos, en lo que podríamos llamar “efecto goma”, que se estira y se encoge según las circunstancias (mientras haya de dónde estirar).

Mala lectura de las evidencias
Siempre hemos pensado que los neandertales, los verdaderos dueños del solar europeo, eran los humanos del frío, de las estepas abiertas, y que la entrada en Eurasia de nuestra especie, tras la última salida de África, fue la causa de su extinción. Sin embargo, ahora vamos aprendiendo que probablemente no fue así. En primer lugar, los neandertales no habitaban en frías estepas sino en bosques (3). Sus grandes narizotas, antaño interpretadas como una cámara para calentar el aire, emergen ahora como todo lo contrario: estructuras de disipación del calor. Los neandertales cazaban en la espesura del bosque, cuerpo a cuerpo. Eran humanos muy fornidos que sufrían gran cantidad de traumatismos y morían a edades tempranas al enfrentarse con sus presas. Se extinguieron hace 30.000 años, tras convivir con nuestros ancestros durante 10.000 años e incluso hibridar con ellos. Su extinción está vinculada con la desaparición de los bosques a raíz de la última glaciación. Su verdadero hogar era el sur de Europa y no el frío norte, donde sólo llegaron explorando. Las últimas poblaciones subsistieron refugiadas en las cuevas del sur de la península Ibérica, comiendo peces, focas, delfines y moluscos (4). Así pues, no fuimos los humanos modernos los que provocamos la extinción de nuestros parientes cercanos. Simplemente al humano de la sabana (y sus armas) le fue mejor en los espacios abiertos por el frío glaciar.  Otra culpa gorda que quitarnos de encima. Y ya van dos.

También leemos mal las evidencias sobre el calentamiento global. Que hay calentamiento y que es de origen antrópico genera pocas dudas hoy en día. Sin embargo, que consideremos por ello execrable al ser humano ya es harina de otro costal. Al parecer, la quema de bosques entre el Neolítico y el siglo XIX ha evitado la llegada de la siguiente glaciación que el planeta nos tenía preparada (5). Eso no significa que nos hayamos librado de pasar frío, porque una de las consecuencias más probables del calentamiento global es que se altere la corriente termohalina que mueve el calor de los trópicos hacia las latitudes templadas. Si eso ocurriera, nuestra especie se enfrentaría súbitamente a unos cuantos siglos de enfriamiento, hasta que los casquetes polares se recuperaran y volviera a establecerse la circulación marina del calor. Pero ahí es nada que hayamos cambiado la duración media de una glaciación (unos 100.000 años) por unos siglos de frío. Eso lo hemos hecho nosotros, “los hacedores del clima”, como nos llama Tim Flannery, y a buen seguro tiene repercusiones muy positivas para innumerables formas de vida que aman el calor y la humedad en este planeta (la mayoría). Hay que andarse con mucho cuidado antes de declarar al ser humano malvado en los juicios de la vida.

Desconocimiento de nuestra propia especie
Hasta hace poco se ha venido usando a los chimpancés como modelo de nuestro último ancestro común con los primates antropoides. Otro grave error (6), pues los chimpancés son unos primates muy agresivos y estamos convencidos de que somos como ellos. Dos descubrimientos han demostrado que estábamos equivocados. En primer lugar, nuestro último ancestro común con los antropoides fue al parecer Ardipithecus ramidus, un primate arbóreo y ya bípedo. Pero su bipedismo era hijo de la escalada, de la necesidad de trepar por los troncos, no de desplazarse por la sabana. Además, Ardi era poco agresivo, al menos en cuanto al emparejamiento, ya que machos y hembras tenían colmillos de igual talla (8). Al igual que los monógamos gibones actuales.

Por otro lado tenemos a los bonobos, parientes cercanos de los chimpancés de los que se separaron hace un par de millones de años debido a la barrera que levantó el río Congo. Los bonobos rehúyen el conflicto y se reconcilian con facilidad. Su comportamiento tiene seguramente mucho que ver con la naturaleza neoténica de su evolución, un rasgo que comparten con nosotros: son cachorros toda la vida, cachorros con capacidad reproductora. Los seres humanos mantenemos el mismo grado de parentesco con chimpancés y con bonobos, de manera que tenemos la capacidad de comportarnos como cualquiera de los dos. Y, en efecto, así es. Somos capaces de las maldades más atroces y de increíbles gestos de altruismo. Somos buenos y malos a la vez, pero no más una cosa que la otra. Nuestra mente, que gusta de las soluciones dicotómicas, lleva mal esa ambigüedad y a poco que la cultura presione nos decantamos por una de las dos opciones y no por la suma o interacción de ambas. Nuestra cultura nos considera originariamente malos, hace caso omiso de los actos cotidianos de generosidad e ignora la existencia de una moralidad natural espontánea en la naturaleza (7).

Seguramente esto tiene mucho que ver con lo práctico que les resulta a las miles de religiones del planeta erigirse como inventores de la moralidad, como gestores del bien y del mal, y como redentores de nuestra maldad innata, siempre y cuando sigamos una serie de preceptos. Me alegra haber vivido lo suficiente para darme cuenta de que el mal no anida en nosotros, al menos no más que el bien, y que nuestro camino desde el Paleolítico ha venido marcado por las poderosas fuerzas de la hidrosfera, la litosfera y la atmósfera. Somos tan víctimas como pueda serlo cualquier otra especie. Vivir no es fácil y no tenemos un libro de instrucciones a nuestra disposición. A cada paso hemos tenido que improvisar, dentro de los grados de libertad que el planeta nos permitía. Llevamos aquí como especie 200.000 años y el Planeta aún sigue abarrotado de vida. Incluso cada vez somos más conscientes de lo que debemos hacer para que siga siendo así.

Mi visión del futuro es optimista y dejo las teorías apocalípticas para los pesimistas que se apoyan en tradiciones culturales, información sesgada y escaso conocimiento de nuestra especie. No es culpa de nadie: el cerebro evolucionó para sobrevivir en los ecosistemas africanos, no para conocernos mejor a nosotros mismos. Lo cual ha sido, por cierto, uno de los grandes logros de la modernidad.

 Bibliografía

(1) Quinn, D. (1992). Ishmael: an adventure of the mind and spirit. Bantam Books. New York.
(2) Harari, Y.N. (2014). Sapiens: a brief history of human kind. Harvill Secker. London.
(3) Rosas, A. (2010). Los Neandertales. CSIC-Catarata. Madrid.
(4) Stringer, B.C. y otros autores (2016). Neanderthal exploitation of marine mammals in Gibraltar. Proceedings of the National Academy of Sciences, 105: 14.319-14.324.
(5) Ganopolsky, A. y otros autores (2016). Critical insolation-CO2 relation for diagnosing past and future glacial inception. Nature, 529: 200-203.
(6) De Waal, F. (2013). El bonobo y los diez mandamientos: en busca de la ética entre los primates. Tusquets. Barcelona.
(7) De Waal, F. (2011). La edad de la empatía. ¿Somos altruistas por naturaleza? Tusquets. Barcelona.
(8) Rosas, A. Los primeros homínidos. CSIC-Catarata, Madrid.
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