domingo, 7 de enero de 2018

Longevos

En la actualidad, buena parte de los seres humanos viven hasta una edad avanzada y dan muestras de envejecimiento. Eso nos induce a pensar que ocurre lo mismo con la fauna silvestre. Pero… ¿de verdad es así?

Lo primero que tenemos que hacer es definir algunos conceptos que resultan confusos. En la lengua de Cervantes, longevidad es cualidad de longevo y longevo es el individuo que alcanza una edad muy avanzada. Así pues, longevidad sólo se refiere a la larga vida de un individuo. Si, por el contrario, queremos referirnos a toda una población hablaremos de esperanza de vida al nacer, que es la cantidad de años que tienen por delante los miembros de un grupo nacidos en el mismo año (cohorte) hasta su muerte. Un concepto lioso porque no es equivalente al de esperanza matemática de vida al nacer, que es la probabilidad de que una persona nacida en un año determinado muera a la edad que establezcamos.. Por otro lado, la esperanza de vida se suele confundir con la edad de senectud. Es decir, si decimos que la esperanza de vida de los humanos en la Edad Media era de unos 50 años, esto no significa que la gente a los 50 años fuese ya vieja. Dado que es un promedio, 50 se puede obtener si un pequeño porcentaje de personas llegaba realmente a viejos (pongamos, 80-90 años) y si existía a la vez mucha mortalidad infantil o juvenil, como era el caso. Simplemente, la mayoría de la gente no llegaba a vieja en la Edad Media, pero no eran ancianos a los 50 años. A los 50 años estaban en plena forma por mucho que tuvieran la cara quemada por el sol y las manos llenas de cayos de trabajar la tierra. 

Cuesta entender todo esto en la sociedad actual, cuando basta con echar un vistazo a las esquelas de los periódicos para comprobar que la mayor parte de los difuntos superan los 80 ó 90 años y son raras las muertes más tempranas. Lo más complejo de todo es que longevidad y senescencia son en realidad procesos distintos que sin embargo suelen ir emparejados, excepto entre los pacientes de envejecimiento prematuro. Lo contrario (ancianos juveniles) podría darse también en teoría pero no ocurre hoy en día. Lo primero que deberíamos comprender pues es por qué envejecemos si vivimos muchos años.

Buitres leonados (Gyps fulvus) en un comedero para aves carroñeras. Dado su gran uso de los aportes artificiales de alimento, es de esperar que los buitres vivan más tiempo y muestren síntomas de envejecimiento (foto: Beatriz Vigalondo).

Genes con doble efecto
La selección natural ha hecho muy bien su trabajo evitando el envejecimiento en la edad temprana. Los genes que nos mantienen en buena forma durante la edad reproductora son como una moneda con una cara amable y un envés perverso. Nos ayudan cuando somos jóvenes y dejan de hacerlo al superar la edad fértil. Por selección natural, la manifestación de los efectos negativos de esos genes se ha visto empujada muy hacia adelante en el curso de nuestra vida. Los efectos del lado perverso se evidencian a una edad que era poco probable alcanzar de manera natural. Antes te mataba una enfermedad infecciosa, un depredador, una guerra o la caída de un árbol. Por regla general, los animales salvajes siguen sin llegar a esa edad y, si alguno se acerca a ella y empieza a perder funcionalidad fisiológica, muere pronto.

Así pues, si la esperanza media de vida de los leones salvajes al nacer es de 12 años, un león que muera con 11 años y medio es un adulto en la plenitud de su existencia. Si mantenemos a los leones en cautividad, libres de parásitos y enfermedades, con comida asegurada y sin peleas entre ellos, pueden vivir mucho más. Hay registros de leones que han vivido 27 años y entonces sí llegan a ancianos y manifiestan los síntomas propios del envejecimiento. De hecho, podríamos definir un concepto nuevo haciendo uso de este conocimiento biológico. Sería el de “longevidad predicha”.
Pongamos que ciertos individuos de una especie de loro alcanzan en cautividad los 40 años de edad. Si encontramos que la esperanza de vida al nacer en una población salvaje de una segunda especie del mismo género es también de 40 años, podríamos predecir que en condiciones ideales (las de cautividad) esta segunda especie de loro sería necesariamente mucho más longeva. No podríamos precisar mucho más, pero sí predecir que sería más longeva que la primera.

En algunos animales salvajes se han detectado síntomas de deterioro físico relacionados con una edad avanzada. Por ejemplo, las gaviotas viejas se reproducen peor que las jóvenes. La explicación más plausible es que, como las gaviotas tienen el alimento garantizado gracias a los sobrantes de nuestra civilización, como basuras y descartes pesqueros, logran superar la que hasta hace poco era su habitual esperanza de vida al nacer. Es decir, hoy en día una gaviota salvaje se parece bastante a otra criada en cautividad. De ahí que llegue a vieja y se manifiesten en ella síntomas de envejecimiento. Lo mismo podría decirse de otros animales que emplean habitualmente los desechos humanos, como buitres, cigüeñas y lobos.

¿Es posible aumentar la longevidad sin envejecer?
Si vivimos más, algo deseable, ¿tenemos que pagar un peaje en forma de deterioro físico y mental? ¿No hay manera de escapar a esa aparente ley y vivir más sin envejecer? La respuesta es sí y ese es, además, uno de los grandes desafíos de la ciencia para el futuro cercano. Volvamos a aquellos efectos perversos de los genes a los que nos referíamos antes, programados para muy adelante en el curso de nuestro desarrollo. Aparecen, sobre todo, porque nuestras células se oxidan. Las mitocondrias, las fábricas de energía celular, dejan de estar bien selladas y pierden parte del oxígeno que usan para quemar el alimento que ingerimos. Los escapes acaban por deteriorar todo el citoplasma y, cuando eso ocurre, las células ponen en marcha un dispositivo que desmonta los andamios celulares ordenadamente y recicla el material, un fenómeno llamado apoptosis. Si eso les pasa a muchas células, es un órgano entero el que empieza a funcionar mal, no desempeña bien su función y a eso le llamamos envejecer.

Para evitarlo tendríamos que prevenir la oxidación celular y hay dos maneras de hacerlo. O bien comemos poco, las mitocondrias tienen menos que quemar y se reducen los radicales libres que pueden oxidarnos. O bien comemos lo mismo pero manipulamos la genética celular para que los efectos negativos se retrasen aún más o no aparezcan nunca. No sabemos qué efectos secundarios podría tener esto último. En cuanto a retrasar los efectos indeseables, imagino que tendríamos que respetar el límite de Hayflick, es decir, el número máximo de años que un individuo puede vivir y que viene marcado por el número de divisiones celulares (mitosis) que tiene programadas al nacer. Ese número es variable y depende de lo que nos hayamos cuidado durante la vida. Los que se cuidan más tiene una edad biológica menor que otra persona nacida en el mismo año pero que haya llevado una mala vida, por ejemplo bebiendo o fumando en exceso, sufriendo estrés o padeciendo hambrunas.

El peor de nuestros males
Con cada división celular los extremos de los cromosomas (telómeros) se acortan y dejan expuesto el ADN nuclear a los daños que puedan causar los agentes externos. Ese es el reloj interno que determina nuestra longevidad máxima. Una opción de la ciencia es constituirse en Penélope y averiguar cómo se reponen los tapones de los cromosomas después de haberse perdido. Eso pasa por domesticar la telomerasa, la proteína que sintetiza a los telómeros. Parece imposible, pero es justo lo que hace el cáncer: consigue que una línea celular sea inmortal, aunque a costa de destrozar al resto de los tejidos y, en última instancia, a sí misma. El cáncer  y el envejecimiento son dos caras de la misma moneda. O las líneas celulares envejecen o viven eternamente.

Es posible que los animales salvajes manifiesten cada vez más el envejecimiento. Viven más cerca de nosotros, porque se benefician de nuestro papel como ahuyentadores de depredadores y suministradores de comida. En el caso de los buitres o de las aves de jardín, su asociación con las fuentes predecibles de alimento que les proporcionamos podría hacer que sobrevivan a pesar de tener parte de su fisiología deteriorada. Es decir, se comportarían en cierta manera como los animales salvajes criados en cautividad o los domesticados. Ahora mismo, nuestro equipo de investigación está tratando de demostrar precisamente esto.

Por lo que respecta a nosotros mismos, es posible que podamos vivir más todavía, hasta un límite máximo de en torno a los 120-125 años (si es que eso no lo cambiamos también al domesticar la telomerasa) y llegaríamos en buena forma física al momento de despedirnos de la aventura de la vida. Nosotros estaremos contentos, pero le habremos gastado a la naturaleza una broma muy pesada: introducir en ella el peor de nuestros males: vivir con las funciones vitales mermadas.

Agradecimientos
Pilar Santidrián comentó un borrador del artículo.


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viernes, 24 de noviembre de 2017

Chivos expiatorios

En las antiguas religiones se ofrecían sacrificios a los dioses para aplacar su ira o conseguir favores. Quizá sea una propiedad de nuestro cerebro buscar un culpable, aunque sea inventado, para resolver conflictos y pasar página. En cualquier caso, buena parte de la fauna silvestre se ha convertido en el chivo expiatorio de unos problemas que tienen otras causas.

Durante un viaje a Grecia en 2011 visité el Parque Nacional de Alónnisos, situado en las islas Espóradas del Norte, en el mar Egeo. Además de ser la mayor superficie marina protegida de Europa, cuenta entre sus principales valores con una población reproductora de foca monje que se refugia en las múltiples cuevas de los islotes. También me sorprendió mucho que, incluso hoy en día, se siguieran matando focas monje a tiros desde las embarcaciones de pesca. Pensaba que eso era ya cosa del pasado. Pero, cuando indagué más a fondo, descubrí que se culpaba a las focas de los problemas económicos de los pescadores locales.

Es un hecho que las focas son inteligentes y consiguen comida gracias a los descartes pesqueros, cuando no roban directamente peces de las redes caladas. Pero de ahí a que sean las principales responsables de la penuria de los pescadores hay un salto muy grande. Un salto imaginario y equivocado. Las focas son simplemente un cómodo chivo expiatorio para sacudirse problemas mucho mayores, como la excesiva presión pesquera. Por ejemplo, en Grecia se ha pescado con dinamita hasta hace bien poco, al igual que en otros muchos países del Mediterráneo oriental como Túnez o Argelia. Los pescadores están atrapados en un bucle del que no saben salir.

A mí, estando allí, se me ocurrió una posible alternativa basada en aquello de “si no puedes con el enemigo, únete a él”. La pesca podría reconvertirse parcialmente en una actividad turística para que los amantes de las focas vean cómo se alimentan en las redes. De ese modo las pérdidas se verían más que compensadas. ¿Una quimera? Pues no tanto. En España ya es legal admitir turistas en algunos pesqueros para que presencien el izado de un copo de sardinas o la captura de atunes en almadrabas. Resulta muy cómodo echarle la culpa de nuestros problemas a cualquier animal, porque no puede defenderse de las acusaciones. Algo parecido pasa con los jabalíes: a pesar de su exitosa recuperación, dudo mucho que sean los causantes de todos los males de la agricultura, seguramente mucho más relacionados con cuestiones de geopolítica internacional y de abandono del mundo rural.

Sospecho que esas incorrectas asociaciones entre fauna y conflictos humanos se deben, en buena medida, a que nos hemos acostumbrado a unos paisajes donde escasean los animales. Cualquier recuperación que apreciemos nos parece ahora una amenaza, una plaga. Los jabalíes, sin ir más lejos, debían formar manadas de cientos de individuos en el Pleistoceno.

Nido de cigüeñas en un edificio histórico. Es muy fácil equivocarse al establecer relaciones de causa y efecto, como atribuir el declive de la caza menor a la recuperación de las poblaciones de cigüeña blanca cuando se debe al abandono del mundo rural. Foto del autor.
Lobos y ganadería
Otro caso similar y cercano es el de los lobos. No puede negarse que a veces subsisten gracias a potrillos, terneras, ovejas y cabras. Aunque no siempre, ya que en Castilla y León consumen también ciervos, corzos, jabalíes e incluso topillos y conejos cuando se adentran en los campos de cereal. Tampoco sería honesto ocultar que, cuando se lo ponen fácil, tienen el hábito de matar más de lo que van a comer. En una entrega ya lejana de esta sección propuse que tal conducta se debía a la carga evolutiva que arrastran consigo desde el Pleistoceno, cuando las comunidades de grandes carnívoros no estaban formadas sólo por lobos, sino por muchos otros potenciales competidores   (1). En cualquier caso, el lobo causa muchas menos pérdidas económicas, o lucro cesante, que otros factores más difíciles de controlar por parte de los ganaderos afectados, como las políticas agrarias de la Unión Europea. El lobo, como la foca monje en Grecia, es sólo la gota que colma el vaso. Es fácil volverse contra él y usarlo como chivo expiatorio. También se ha instrumentalizado como argumento de la demagogia política para ganar votos contaminando la frágil opinión pública. Ya sabemos lo fácil que es movilizar masas humanas en torno a un lema común. Está en nuestros genes.

Tejones y vacas
En el Reino Unido e Irlanda, los tejones se han convertido asimismo en chivos expiatorios. Se les considera vectores de la tuberculosis bovina y son eliminados por millares. El problema, sin embargo, está más enraizado en el propio manejo del ganado, algo que nada tiene que ver con los pobres tejones. Buena prueba de ello es que no hay tuberculosis bovina en Escocia, donde no se han hecho descastes de esta especie, y sí está presente, sin embargo, en la isla de Man, donde nunca hubo tejones. Las causas pueden ser poco evidentes, como un bajón en las defensas del ganado debido al estrés o a una peor alimentación, así que es mucho más fácil echarles la culpa. Un típico proceso de causa y efecto con planteamientos equivocados: las vacas mueren por tuberculosis, los tejones son portadores de la tuberculosis, luego los tejones son la causa del problema. Sin más comprobaciones. Esta misma confusión hace que las especies exóticas e invasoras carguen con diferentes sambenitos que no siempre les corresponden. Quizá simplemente porque su llegada y proliferación coincidió en el tiempo con el declive de una especie nativa debido a terceras causas.

Gorriones y agricultura
Otro chivo expiatorio de libro se dio cuando  intentaron erradicar los gorriones en China. Entre 1958 y 1962, Mao Zedong promovió la campaña Mata un Gorrión como parte de un plan más ambicioso para acabar con los supuestos enemigos de la agricultura, a saber: ratas, mosquitos, moscas y gorriones. Pero, lejos de mejorar la situación de los cultivos, lo único que hizo fue empeorarla, ya que los gorriones que vivían en los arrozales no sólo comían grano, sino también una importante cantidad de insectos. Aquel episodio se saldó con una gran hambruna que mató entre 20 y 45 millones de personas. Los gorriones, por cierto, sobrevivieron tras refugiarse en los jardines de ciertas embajadas europeas que se negaron a colaborar en el exterminio. Así que el gran salto adelante de Mao fue en realidad un gran salto atrás debido a un diagnóstico equivocado del enemigo.

Cigüeñas y especies cinegéticas
En España, las cigüeñas blancas han sido uno de los chivos expiatorios más recientes. Algunos colectivos de ganaderos y cazadores asocian la recuperación de la cigüeña con la escasez de aláudidos, liebres, perdices y codornices. Como las ven depredar  huevos y crías de esas especies, establecen rápidamente una relación de causa y efecto. Las cigüeñas comen perdices, las perdices van para abajo mientras que las cigüeñas van para arriba, luego las cigüeñas son responsables del declive de las perdices. Una asociación demasiado simple, pues ignora las consecuencias del abandono del campo en las últimas seis o siete décadas, capaz de poner en jaque a cualquier especie de los espacios abiertos. Tampoco considera el papel que han podido jugar las sequías del Sahel en ciertas aves migradoras, como codornices y tórtolas, ni culpa a la caza de influir en el declive de unos animales tan propios del campo abierto. Pero el responsable no es la caza, ni tampoco el aumento de las cigüeñas, sino un agente mucho más poderoso y que actúa de forma silenciosa: la pérdida de hábitat. Los depredadores sólo causan declives en sus presas cuando ya están contra las cuerdas por un tercer motivo. Es el denominado “pozo del depredador”. Una hipotética reducción forzosa de cigüeñas sólo empeoraría el actual estado de la agricultura, ya que actúan como eficaces controladoras de plagas.

Abejarucos y apicultura
Un odio que parecía superado es el de algunos apicultores hacia los abejarucos. Otro colectivo en apuros por muchísimas razones que busca un culpable, concreto y tangible, de todas sus frustraciones económicas. Si las abejas melíferas viven ahora más felices en las ciudades y liban contentas en parques urbanos libres de plaguicidas, parece claro que el papel que jugaron los abejarucos en su crisis debe ser despreciable. Pero siempre hace falta un culpable, alguien a quien achacar los daños de causas mucho más complejas, múltiples y difusas.

En ecología cada vez tiene más peso la idea de que los depredadores no regulan grandemente las poblaciones de sus presas, sobre todo aquellos que no están especializados en una sola presa. Más bien contribuyen a mantenerlas en buen estado cuando eliminan a los individuos débiles o enfermos. De modo que la ausencia de abejarucos bien podría representar un problema añadido para los colmeneros. Aparte de eso, si depredan masivamente sobre las abejas quizá se deba al mal estado generalizado de alguna colmena, repleta de presas fáciles de cazar. Y ya que hablamos de himenópteros haríamos bien en cuidar a los abejeros europeos ahora que doña Vespa velutina nos invade por doquier.

In dubio pro reo
Todo es siempre mucho más complejo de lo que parece a primera vista (2, 3). Antes de condenar a alguien, hay que asegurarse de que es el verdadero culpable y para eso las intuiciones y primeras impresiones suelen ser malas consejeras (4). Además, tales problemas tienen soluciones técnicas que no pasan por la primitiva idea del exterminio. Hay que dar con la tecla y para eso hace falta pensar y experimentar. Y darse tiempo.
Si finalmente damos con la clave pero no puede ponerse en práctica, arremeter contra una especie inocente es del todo inmoral. Una prevaricación. Los políticos sucumben con frecuencia a las protestas ciudadanas mal informadas, una debilidad comprensible pero no justificable. La solución pasa por tener ganas de resolver los problemas reales de ganaderos, agricultores y apicultores. Y con ello de la naturaleza. Y no digo todo esto como panfleto, como mantra, sino que realmente creo que todo lo que he contado es objetivamente cierto y que evitar caer en esas trampas de la acusación indebida requiere sacar a relucir lo mejor del ser humano.

Bibliografía

(1) Martínez-Abraín, A. (2013). Todo para mí. Quercus, 328: 6-7.
(2) Martínez-Abraín, A. (2008). Las apariencias engañan. Quercus, 268: 6-7.
(3) Herrera, C. (2007). Cada problema complejo tiene siempre una solución sencilla, que generalmente es errónea. Quercus, 251: 10-11.

(4) Martínez-Abraín, A. (2012). La intuición derrotada. Quercus, 320: 6-8.
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lunes, 30 de octubre de 2017

Pax Romana: la salida del refugio

Si antaño forzábamos la reclusión de especies en refugios, es decir, en “castillos remotos e inexpugnables”, ahora éstas empiezan a salir de los espacios protegidos debido a que nuestra actitud hacia ellas es mucho más respetuosa. Una muy buena noticia para la conservación de la naturaleza.

Los pueblos prerromanos de la Península Ibérica, nuestros antepasados de las edades del Bronce y del Hierro, construían sus poblados en lugares apartados y los dotaban de poderosos medios defensivos. Eso es buena prueba de que vivían intranquilos, siempre a la espera de una visita indeseada y peligrosa. Recuerdo  las primeras veces que visité el fabuloso Castro de Baroña, en la costa coruñesa de Porto do Son, cuando me dejé llevar por la admiración que transmiten aquellas piedras en un entorno tan hermoso. Pero, sin dejar de apreciarlo, en visitas posteriores caí en la cuenta de que aquel era un lugar realmente malo para vivir. Nadie instalaría por gusto su casa en un pequeño afloramiento rocoso situado al final de un estrecho istmo y rodeado por el océano. Si se ha visto y oído rugir al Atlántico en invierno no hace falta justificar más esta afirmación. El poblado contaba además con una doble muralla defensiva y sus habitantes habían excavado un foso en medio de la barra de arena que sirve de acceso. Dicho con otras palabras: un lugar así sólo fue escogido por criterios militares. Las espaldas quedan cubiertas por el mar y su única entrada es estrecha y fácil de defender. Si no se hubieran visto forzados a tomar tales precauciones, los pobladores costeros hubieran escogido una zona más alejada del mar, cerca de sus tierras de cultivo y fuentes de agua dulce, sin renunciar por ello a los recursos marinos que debieron ser el principal objetivo de aquellas gentes. Sólo empezaron a abandonar las fortificaciones cuando se impuso la Pax Romana. Pudieron asentarse entonces en zonas llanas, abiertas y desprotegidas, pero mucho más productivas. Roma aplicó sus leyes a lo largo y ancho del imperio, de modo que la paz entre los pueblos ibéricos fue una consecuencia de su poderío militar.

Bien, pues cuando conseguí asimilar esa página de nuestra historia, me di cuenta de repente de que podía trazarse un paralelo con los avatares sufridos por la fauna (1). La actividad humana de los últimos milenios y la transformación agrícola del paisaje hicieron que la mayor parte de las especies silvestres sobrevivieran en refugios, en lugares agrestes ubicados lejos de los asentamientos humanos (2). El caso de la foca monje es un buen ejemplo: perseguida en las playas, que son su hábitat predilecto de reproducción, tuvo que refugiarse en inaccesibles cuevas costeras o archipiélagos alejados del continente.

El célebre castro de Baroña (Porto do Son, A Coruña) es un poblado de la Edad de Hierro ubicado en un lugar favorable para la defensa militar, pero muy incómodo para vivir. Muchas especies se han visto recluidas en fortalezas similares y sólo ahora empiezan a abandonarlas gracias a que nuestra actitud hacia ellas es más respetuosa (Foto del autor). 

Selección por comportamiento
Pero esa no fue la única consecuencia de la presión humana. También sobrevivieron los individuos más tímidos y recelosos, aquellos que nos tenían más miedo, como queda patente en el oso pardo. Los osos vivían antaño en toda la Península (3), de norte a sur y de este a oeste, pero quedaron encastillados en las montañas más agrestes del norte, en la cordillera Cantábrica y los Pirineos. Además eran unos osos mansos, que no agredían a la gente. Nada que ver, por ejemplo, con un oso pardo de Alaska. Nuestros osos más agresivos y sin miedo hace mucho tiempo que fueron eliminados por peligrosos.

El caso es que la presión sobre la fauna disminuyó enormemente desde que se ejecutó el Plan de Estabilización franquista y la población rural empezó a concentrarse en unas pocas ciudades. Un dato relevante es que las licencias de caza han caído de manera continua en toda España durante las últimas décadas. Además ha aumentado la sensibilización de la gente urbana por la conservación de la diversidad biológica. Y, para remate, los gobiernos democráticos han establecido espacios protegidos, dotados de legislación propia, sobre los antiguos refugios donde quedó acantonada la fauna. Ahora, tras varias décadas de Pax Romana, está empezando a salir de aquellos refugios obligados. Una muy buena noticia, porque viene a decirnos que hemos hecho bien las cosas durante los últimos treinta años y salvado a muchas especies que se encontraban en una situación realmente extrema. Podríamos decir que lo mejor que podría pasarle a la fauna es que quiera estar fuera de los espacios protegidos y recuperar los territorios perdidos. Una tendencia que también viene dictada en parte por el cambio que han sufrido los ecosistemas a raíz del éxodo rural. Los terrenos abiertos para cultivos y pastos vuelven a cubrirse de vegetación y en los espacios protegidos empiezan a escasear las presas más codiciadas, como conejos y perdices, que son propias de lugares despejados.

Algunos ejemplos en islas
Los halcones de Eleonor nidifican en inexpugnables acantilados de pequeños islotes mediterráneos. Pero, en cuanto la presencia humana desaparece, crían directamente en el suelo. Así lo hacen en el islote de Mogador (Marruecos), donde los nidos alcanzan densidades extraordinarias. Nosotros mismos hemos estado años devanándonos los sesos para averiguar si los halcones preferían un tipo concreto de acantilado, una orientación, un sustrato particular (4). Al final, mucho tiempo después, nos dimos cuenta de que la reproducción de los halcones en acantilados es más que nada un artefacto debido a la presencia humana en esos islotes. En cuanto tienen ocasión, salen de los refugios.

Lo mismo hicieron la gaviota patiamarilla o la de Audouin. En muchas islas y costas con frecuente presencia humana también crían en los acantilados, pero salen de sus castillos en cuanto comprueba que somos inofensivos. Poco a poco, los buitres negros mallorquines, encastillados en los pinos de los acantilados, empiezan a salir asimismo de sus refugios, un comportamiento seguramente favorecido por los genes confiados que han llegado a la pequeña población isleña a través de los programas de reforzamiento.

Algunos ejemplos continentales
Águilas reales y perdiceras crían cada vez más sobre árboles. No sólo porque la superficie forestal esté aumentando, sino también porque los farallones rocosos eran mejores castillos naturales que los árboles cuando estas aves estaban perseguidas. Ahora que se sienten a salvo, pueden salir de aquellas fortalezas. De hecho, las perdiceras del programa LIFE portugués se están expandiendo hacia el norte gracias a su hábito de anidar en árboles, incluso sobre especies exóticas y muy cerca de viviendas (5).
Las antaño muy amenazadas águilas imperiales están empezando a abandonar sus áreas tradicionales de cría para dirigirse a pinares intensamente gestionados por el hombre y situados en terreno llano. La razón es que los pinares aclarados artificialmente son más favorables para sus presas que los bosques con vegetación cerrada. El abandono del medio rural y la escasez de grandes mamíferos herbívoros, extintos mayoritariamente durante el tránsito entre el Pleistoceno y el Holoceno, ha abierto las puertas a la sucesión vegetal. Unos cambios que no sólo afectan a las águilas imperiales ibéricas de la especie Aquila adalberti (6, 7), sino que se han apreciado también en las imperiales de Hungría, que pertenecen a la especie Aquila heliaca (8).

Por otra parte, las nutrias desertan con facilidad de sus refugios forzosos en las cabeceras de los ríos para ocupar sus tramos medios y bajos. De hecho, han alcanzado ya las costas y son cada vez más habituales en las orillas de los embalses (9). Aunque también hay casos de especies emblemáticas que no han dado aún ese salto, como el lobo ibérico que, aunque haya extendido su área de distribución, todavía no puede abandonar los refugios forestales debido a la persecución directa. Los osos que intentan dirigirse asimismo hacia zonas más llanas suelen ser víctimas de artilugios cinegéticos que no estaban destinados a ellos.

Nuevas relaciones con la fauna
Podría seguir citando casos y más casos, pero creo que el mensaje ha quedado claro y está suficientemente probado. No sólo los grandes depredadores salen de sus refugios, sino también sus presas. Jabalíes y corzos recuperan sus hábitats históricos y ya están cerca de las ciudades, cuando no directamente en ellas. Y cada vez con mayor descaro, atraídos por la falta de depredadores, la abundancia de comida y el respeto que la gente les brinda.

Es obvio que todo este proceso planteará nuevos desafíos a nuestra relación con la fauna silvestre, ya sea en forma de accidentes de tráfico o de ataques a personas y mascotas. Tendremos que diseñar una nueva hoja de ruta, pero, de entrada, podemos adelantar que esa salida de los viejos castillos representa un avance en el marco de nuestra reconciliación con las demás formas de vida. Llevamos treinta años deseando que los espacios protegidos sean innecesarios y estamos empezando a conseguirlo. Acabada la romanización nuestra civilización volvió a los castillos en la Edad Media, auténticas jaulas de oro que admiramos por extrañas razones románticas. Esperemos que el futuro que le espere a nuestra fauna no sea ese. 

Bibliografía

(1) Martínez-Abraín, A. (2016). ¿Refugiados o adoptados? Quercus, 362: 6-8.
(2) Martínez-Abraín, A. (2017). ¿Espacios protegidos o no? Quercus, 379: 6-7.
(3) Jiménez, J. (2016). El ocaso del oso en Castilla y Aragón. Quercus, 370: 26-34.
(4) Urios, G. y Martínez-Abraín, A. (2006). The study of nest-site preferences in Eleonora’s falcon Falco eleonorae through digital terrain models on a western Mediterranean Island. Journal of Ornithology, 147: 13-23.
(5) Carlota Viada, comunicación personal.
(6) González, L.M. y otros autores (2008). Status and habitat changes in the endangered Spanish Imperial Eagle (Aquila adalberti) population during 1974-2004: implications for its recovery. Bird Conservation International, 18: 242-259.
(7) Rojo, L.I. y otros autores (2013). Colonización por el águila imperial ibérica (Aquila adalberti Brehm) de montes intensamente gestionados en la provincia de Valladolid. En Sexto Congreso Forestal Español, Vitoria-Gasteiz 10-14 junio 2013. Sociedad Española de Ciencias Forestales. Palencia.
(8) Horváth, M. y otros autores (2014). Simultaneous effect of habitat and age on reproductive success of Imperial Eagles (Aquila heliaca) in Hungary. Ornis Hungarica, 22: 57-68.
(9) Martínez-Abraín, A. y Jiménez, J. (2016). Anthropogenic areas as incidental substitutes for original habitat. Conservation Biology, (doi:10.1111/cobi.12644).
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lunes, 16 de octubre de 2017

¿Tienes fuego?

No fumo, nunca he fumado. Pero esta frase hecha me pareció una buena manera de atraer la atención del lector hacia un tema complejo: los incendios forestales de grandes dimensiones. Es uno de esos campos para los que todo el mundo tiene una explicación. Quizás es lógico que sea así pues las causas son multifactoriales o, mejor aún, multidimensionales. Pero tratemos de poner un poco de orden dentro del aparente caos.

Cuando uno trata de explicar el porqué de algo en biología necesariamente tiene que hacer una distinción entre causas próximas y causas últimas. Y distinguir entre causas y mecanismos también. Así, jerarquizando, estableciendo niveles, se ven las cosas más claras. En el caso de los incendios forestales hay una causa próxima que salta a la vista: hay muchos incendios de gran extensión, porque hay mucha biomasa acumulada. Sin mucha biomasa acumulada no hay incendios grandes, simplemente.

Pero este primer paso sólo nos lleva a preguntarnos por qué hay tanta biomasa acumulada en nuestros montes. Y aquí es donde entra en juego la multifactorialidad. Vamos a intentar desglosar las distintas causas últimas que pueden haber llevado a esta situación.

Repoblaciones forestales: Buena parte de las masas forestales que tenemos actualmente son hijas de las repoblaciones forestales orquestadas primero desde la dictadura de Miguel Primo de Rivera (años 20 del siglo XX) y posteriormente desde el franquismo. En 1941 se creó el “Patrimonio Forestal Español” (PFE), organismo cuya misión fue potenciar la economía forestal española en plena postguerra, como defensa ante el aislamiento internacional que sufría el régimen dictatorial. La actividad fue frenética, especialmente en la década 1952-1962 y hacia 1965 el trabajo estaba acabado. En poco más de 20 años se había llenado la Península (especialmente el norte) de plantaciones extensas y continuas de pinos y eucaliptos (1).  Huelga decir que las repoblaciones emplearon especies que son o bien pirófitas (que necesitan el fuego para reproducirse) o bien pirófilas (que son beneficiadas por el fuego pero no dependen de él), lo cual no ayuda nada tampoco. Estas especies evolucionaron para sacar buena tajada biológica del fuego. 

Abandono del mundo ruralEste punto no existe desligado del anterior. Los planes desarrollistas del franquismo se articularon en dos etapas. Primero, el PFE invadió, robó y repobló los terrenos comunales de las comunidades agro-pastorales que eran vitales para el desarrollo de la agricultura, pues de ellos procedía el matorral de leguminosas que se empleaba para generar el abono de los huertos. Con ello puso a los agro-ganaderos y sus economías de subsistencia (que no de comercialización), contra las cuerdas. Una vez conseguido esto el franquismo, a través de los tecnócratas del Opus Dei, da una segunda vuelta de tuerca a la situación y crea el “Plan de Estabilización” (PE). Es decir, surgen grandes factorías y polígonos industriales en las ciudades principales y se fomenta la emigración desde el mundo rural a las ciudades. La mayoría de nosotros somos hijos urbanitas de padres campesinos que vivieron ese tránsito. A resultas de todo ello el campo se vacía y todas las actividades extractivas que se realizaban hasta entonces (que tenían al bosque reducido a una mínima expresión) desaparecen o se minimizan, lo que fomenta la expansión del mundo arbóreo. Seguramente no hemos tenido tanta superficie forestal desde hace muchos siglos.

La raíz de este proceso se podría remontar hasta la importación del capitalismo en este país, de manos de los liberales de Práxedes Mateo Sagasta, quienes trataban con ello de acabar con el secular caciquismo, relicto del medievo. Y también hasta la desamortización de los terrenos comunes practicada por Pascual Madoz. El único tipo de propiedad que se veía rentable para "salir del atraso" era la propiedad individual y así los terrenos comunes empezaron su declive ya desde mediados del siglo XIX (1). Así pues las causas de los incendios de hoy en día hay que buscarlas ¡más de 150 años atrás!

Maquia termomediterránea arbolada con Pinus halepensis, ocupando una umbría valenciana donde la vegetación potencial es la carrasca Quercus ilex ballota. Un auténtico polvorín. La gran acumulación de biomasa es la causa próxima de la gran extensión de los incendios forestales actuales, a su vez debida sobre todo al abandono del rural y la ausencia o escasez de grandes herbívoros (causas últimas). Foto del autor.

Herbivoría: El abandono del rural y la expansión del bosque han conllevado la expansión de algunos pequeños herbívoros, notablemente el corzo. Pero en nuestros montes falta la herbivoría (ramoneadores y pastadores) del Pleistoceno, la de los grandes mamíferos herbívoros (el caballo salvaje, el uro, los asnos salvajes, el ciervo en muchos sitios). Esa labor fue sustituida en el mundo agrosilvopastoral por la apertura de bosques para la agricultura y por la labor de la gran fauna doméstica (vacas, caballos, burros, cabras, ovejas). Muerto el mundo rural muere también esa importante labor de aclarado de los montes. Es decir, las masas forestales extensas, amantes del fuego, son además demasiado densas. Más densas de lo normal, de lo natural, por así decirlo.

Debido a estas causas últimas llegamos hasta la causa próxima y por todo ello tenemos hoy en día un sustrato base muy favorable para la ignición, especialmente en los secos y tórridos veranos mediterráneos, o en años con condiciones meteorológicas especiales, como pasó en diciembre de 2015 en Asturies, donde los efectos del fenómeno El Niño (escasez de lluvias, altas temperaturas, vientos fuertes) provocaron una oleada de más de cien incendios.  O en octubre de 2017 en Portugal y sur de Galicia, donde meses de intensa sequía y fuertes vientos provocados por un inusual huracán (el Ofelia) causaron una auténtica hecatombre. Sobre ese sustrato pueden actuar diversos mecanismos de ignición (que habitualmente son tildados de causas).

Azarosos o estocásticos: el caso paradigmático sería el rayo, en las tormentas secas mediterráneas. No es el caso en la región eurosiberiana de la Península Ibérica, pero en el resto de ella (de carácter mediterráneo) la coincidencia en los estíos de las temperaturas más altas con la ausencia de lluvias genera un cocktail muy proclive a los incendios, de manera espontánea. 

Accesibilidad: La colilla que cae desde la ventanilla del coche y por casualidad acaba prendiendo parece un factor estocástico a primera vista, pero muchas veces es consecuencia casi determinista de la mayor accesibilidad a las masas boscosas que generan la apertura de pistas y carreteras en las montañas. 

Históricos: la continuidad de viejas prácticas, como las quemas de rastrojos, podas, matorral, que en los paisajes de antaño era imposible que se nos escapasen de las manos, ahora se convierten en una fuente de peligro. Actividades que “se han hecho toda la vida”, ahora están fuera de sitio en los nuevos paisajes cargados de biomasa.

Sociales: las rencillas entre vecinos o los intereses contrapuestos entre miembros de las comunidades de montes (ganaderos que prefieren espacios abiertos, pastos, frente a otros más interesados en el provecho forestal).

Económicos: aquí entrarían motivos de índole moderna, capitalista, como los intereses urbanísticos o las corruptelas ligadas a la extinción de los incendios. Buena prueba de ello es la facilidad con la que arden los montes cuando las leyes permiten la urbanización del territorio en los terrenos quemados o la venta de madera quemada. Es una invitación a “darle” fuego al monte. También lo son las subvenciones de la Política Agraria Comunitaria a las superficies de pasto para el ganado, que pueden ser percibidas a partir de que haya transcurrido un año del incendio. Los cambios tecnológicos en las empresas papeleras, que pueden preferir un tipo de árbol frente a otro (eucaliptos frente a pinos o eucaliptos finos en lugar de eucaliptos gruesos) puede ser otro motivo de ignición. 

Es útil mantener este esquema jerárquico en mente: causas últimas, causas próximas y mecanismos, sin confundir los unos con los otros, para poder atajar el problema de raíz. 

Recapitulando
En definitiva, no se equivoca del todo el paisano cuando dice que el monte arde porque “está sucio”. Claro, a los ojos del ecólogo y del naturalista, el monte “sucio”, lo que se dice sucio, no está. No tiene basura y la vegetación que vemos es la sucesión ecológica avanzando hacia la vegetación potencial de la zona, recuperando el terreno y el tiempo perdidos, como defendía yo mismo en un Detective ya antiguo (2). Pero hemos de entender lo que quiere decir el paisano. Antaño no había casi bosque. Antaño el poco bosque que había estaba muy aclarado por las extracciones de matorral y por la acción de la herbivoría del ganado doméstico. Y antaño no había incendios tan extensos que ni los hidroaviones pudieran apagar. Hogaño, los pocos y aclarados bosques que teníamos eran sobre todo de frondosas, no de especies pirófitas. Además nuestras masas forestales en recuperación (pongamos una maquia con pinar asociado que camina hacia un encinar) tienen más densidad de matorral del que sería esperable en un paisaje prístino europeo lleno de grandes herbívoros salvajes. Al menos en este aspecto no se equivoca el nativo al exclamar que el monte está sucio. Obviamente él o ella también se refieren a que los árboles ocupan ahora el lugar que décadas atrás era terreno de pasto o zona de cultivo, ganados al bosque con mucho trabajo de sus antepasados. Nosotros sin embargo vivimos esa expansión como algo bueno, como una recuperación de la naturaleza. Pero no hay que olvidar sin embargo que muchas de las especies que caracterizan a la fauna europea silvestre que ha llegado hasta el siglo XXI son especies de espacios abiertos, seleccionadas a lo largo de  milenios de actividad humana. Así pues el regreso del bosque es bienvenido pero se cobrará sus bajas en forma de menos perdices, menos conejos, menos alondras, menos mariposas y menos anfibios. Y más incendios. Muchos más y mucho más grandes. Ya se lo está cobrando de hecho. 

Tal vez los mecanismos autoreguladores se pongan en marcha de nuevo. La crisis económica del mundo basado en el capital sin controles, la crisis de las grandes ciudades poco vivibles, en paralelo con la recuperación de las masas forestales, empieza a atraer gente de vuelta al rural. Puede que los neorurales se conviertan en los nuevos pastores de la biodiversidad, aunque los pioneros lo tendrán muy difícil. Desde luego no podemos esperar que las administraciones puedan manejar el paisaje para mantener grandes zonas abiertas a la fuerza, artificialmente. No creo que sea deseable, desde el punto de vista de la conservación, el regreso a un pasado con un rural superpoblado en el que los bosques queden reducidos a pequeñas manchas y el lobo y la comadreja vuelvan a ser enemigos públicos. Pero el regreso de cierta cantidad de urbanitas concienciados, con nuevas prácticas, nuevas éticas y nuevos objetivos, es probablemente lo mejor que lo podría pasar a la diversidad biológica ibérica. Hasta las especies más forestales, como el urogallo del Pirineo, no llevan bien estos nuevos bosques nuevos tan densos, con poca herbivoría donde a las crías les resulta difícil tener largas distancias de huida de los abundantes depredadores (3). Y desde luego la única manera de acabar con esos devastadores incendios de hoy en día es restarle biomasa al monte, mediante aprovechamientos racionales y de intensidad intermedia y empleando al ganado como sustituto de la megafauna perdida.


Referencias citadas
(1)   Pérez Pintos, X. 2009. Historia contemporánea da destrucción da natureza en Galicia. Edicions A Nosa Terra.
(2)   Martínez-Abraín, A. 2009. Paisajes inventados. Quercus 282:6-7. 
(3)  Fernández-Olalla, M. y colaboradores. 2012. Assessing different management scenarios to reverse the decline of a relict capercaillie population: A modelling approach within an adaptive framework. Biological Conservation 148:79-87. 
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lunes, 25 de septiembre de 2017

¿Espacios protegidos o no?

La declaración de espacios protegidos fue un paso necesario, pero no suficiente, para conservar la diversidad biológica. El destino natural de un espacio protegido es ser abandonado por las especies que en su día lo propiciaron y justificaron.

Hemos avanzado mucho desde la declaración de Picos de Europa y Ordesa como parques nacionales en 1918. Han pasado casi cien años e imagino que habrá previstas grandes celebraciones para el año que viene. Por el camino no hemos estado de brazos cruzados: contamos ahora con más de 1.500 espacios protegidos bajo diversas categorías, lo que representa más del 25% de nuestro territorio. Toda esa política de protección fue absolutamente necesaria cuando las autonomías adquirieron competencias en materia ambiental hacia mediados de los años ochenta. La naturaleza se encontraba entonces en cotas muy bajas de conservación. La superficie forestal venía creciendo a fuerza de repoblaciones desde los años cuarenta, pero los ecosistemas acuáticos tocaban fondo debido al incremento de la contaminación. Urgía detener determinados procesos y cambiar de rumbo. En ese contexto histórico los espacios protegidos fueron un acierto. Mayor o menor según los casos, pero positivo en términos generales. Ha llovido mucho desde entonces y ahora podemos mirar hacia atrás con cierta perspectiva, y también hacia adelante con nuevos ojos. 

Grupo de focas monje en una de las cuevas donde se refugian en las costas acantiladas de Cabo Blanco (Mauritania). Nuestro objetivo no debe ser sólo conservar las especies en sus antiguos refugios, convertidos en espacios protegidos, sino sobre todo conseguir unas buenas condiciones fuera de ellos. Foto M.A.Cedenilla/CBD-Habitat. 
Refugios y hábitats de sustitución
Es importante darse cuenta de que los primeros espacios protegidos los creamos donde aún quedaba algo de fauna. Y, también, que tales espacios no eran necesariamente los mejores para esa fauna. En muchos casos eran lo que ahora se denomina “refugios ecológicos”, es decir, espacios de menor calidad que los animales colonizan cuando los lugares óptimos han sido ocupados o transformados por la actividad humana. Por ejemplo, a lo largo de nuestra historia hemos perdido, o reducido a su mínima expresión, lugares de primera magnitud como las lagunas de Antela, La Janda o La Nava. Las aves acuáticas que las ocupaban tuvieron que dirigirse a espacios de menor tamaño donde la presión humana era mayor. Las llanuras con buen suelo fueron casi totalmente dedicadas a la agricultura, de modo que hasta la ganadería fue relegada a zonas más altas y con pendiente moderada, en buena medida a costa del bosque. En otros casos, los antiguos espacios naturales habían sido duramente transformados pero aún conservaban buena parte de su atractivo original, caso de arrozales, salinas o muchas estepas cerealistas. En definitiva eran lo que ahora denominamos "hábitats de sustitución" (1). Pero conviene tener presente que refugios y hábitats de substitución fueron la materia prima de los espacios protegidos.

Usos tradicionales y espacios protegidos
En general, hemos abandonado muy rápido las fórmulas tradicionales de explotación agraria, ganadera y forestal, incluso dentro de los propios espacios protegidos, pensando que era mejor para la flora y la fauna que queríamos conservar. Por ejemplo, la interrupción de sacas, quemas y pastoreo ha dado alas a la sucesión ecológica y los espacios protegidos, antaño mantenidos en un estado infantil, han crecido hasta hacerse mayores. Eso ha beneficiado a unos cuantos especialistas forestales, pero a costa de perjudicar a muchos depredadores cuya dieta se sustentaba fundamentalmente en el conejo y la perdiz, presas que gustan de espacios abiertos. Lo mismo puede decirse de las plantas que prefieren los ambientes soleados. No es casualidad que las águilas imperiales se salgan ahora del monte mediterráneo protegido y ocupen zonas agrícolas donde abunda el conejo. Siempre que cuenten con algún árbol grande para instalar el nido, ya sean chopos, eucaliptos o pinos. Lo mismo ocurre con los linces en Sierra Morena que ahora se salen del monte mediterráneo a los olivares en busca de conejos. En Galicia hemos detectado que la principal causa de  disminución de anfibios  es el abandono del mundo rural y el avance de la vegetación sin control, factores de mayor calado que otros considerados más graves, como enfermedades emergentes, atropellos y especies invasoras (2).

Zonas protegidas aisladas
Los espacios protegidos son por definición islas, pues están rodeados de una matriz de terreno inhóspito. El número de especies que alberga una isla es un compromiso dinámico entre las que se extinguen y las que llegan como colonizadoras. Si la colonización se ve interrumpida por una barrera infranqueable, el destino de los espacios protegidos es perder especies de forma paulatina. Además, si los fragmentos protegidos son cada vez más pequeños, desaparecen más rápidamente aquellas especies que necesitan áreas de campeo extensas, o las que prefieren vivir lejos de sus bordes. Todo esto se ve muy bien en los retazos de selva tropical a medida que se hacen más y más pequeños. 

Pero lo más curioso es que perder especies en un espacio protegido no siempre es un fracaso para la conservación. Como decíamos al principio, los espacios protegidos se declararon a partir de aquellos lugares que aún albergaban flora y fauna, muchos de los cuales tenían una calidad menor de la deseada. Si ahora, tras décadas de aplicar la legislación ambiental, ha aumentado la calidad de los lugares situados fuera de los espacios protegidos, es de esperar que muchas especies los colonicen dado que fuera las cosas ya no están tan mal.

Los aguiluchos cenizos de Castellón
Es un desplazamiento parecido al éxodo rural humano. A veces sólo sucede tras un impacto que fuerza a los individuos a dispersarse y explorar nuevos territorios. Sin ese mazazo inicial, la pereza y la rutina tienden a imponerse y los límites del área de campeo se mantienen fijos. Eso fue lo que les pasó a buitres leonados y aguiluchos cenizos en la provincia de Castellón, tras sendos golpes asestados por la construcción de parques eólicos y el tan célebre como innecesario aeropuerto (3). Tras dispersarse fuera de sus zonas de confort, unos refugios no protegidos por la ley, las poblaciones aumentaron rápido y de forma considerable. También se aprecia en los aguiluchos cenizos que se refugiaron en el Parque Natural Prat de Cabanes-Torreblanca (Castellón) a mediados de los 80, un humedal costero subóptimo para ellos, tras los numerosos incendios de los años setenta. A partir del año 2000 los aguiluchos empezaron a abandonar el parque y la única explicación que hemos encontrado a este hecho insólito es la baja frecuencia de los incendios forestales en el interior de Castellón y con ello la recuperación de una densa maquia de coscoja que ha facilitado que las rapaces nidificaran. La señal para dispersar desde el Prat de Cabanes fue un cambio en la estructura local del hábitat, asociado al abandono de la ganadería y a la interrupción de las quemas del carrizal tras protegerse el espacio. Como en el caso de una familia bien avenida, la situación ideal es que los hijos vuelen por sí mismos y se vayan de casa en busca de las condiciones que ellos estimen idóneas. Lo importante es que tales condiciones existan en otra parte. A veces, la causa de la dispersión son los inevitables conflictos generacionales y no sólo que la habitación se haya quedado pequeña o la curiosidad por conocer nuevos horizontes. Pero lo más importante es que haya otro sitio a donde ir. 

El futuro de las zonas protegidas
Por tanto, lo mejor que podemos hacer es gestionar el territorio de forma integral. Pocos espacios protegidos nuevos son ya necesarios. La prioridad debería ser aplicar la normativa protectora fuera de ellos y ampliar así el campo de acción a territorios de alta calidad ahora “vacíos” de fauna y que, tarde o temprano, acabarán por ser descubiertos. Nuestra actual legislación es más que suficiente para lograr ese objetivo. Los osos o los quebrantahuesos han de abandonar sus históricos refugios de la alta y agreste montaña. Las focas monje no deben volver a las cuevas de islas e islotes, sino a las playas continentales de donde son originarias. Los flamencos no criarían en salinas si hubiera marismas costeras de igual o mejor calidad. Hemos de hacer que todo esto sea posible. No lo hemos hecho mal en estos últimos treinta años, pero sólo habremos triunfado del todo cuando la flora y la fauna sean similares tanto fuera como dentro de los espacios protegidos. No perdáis de vista este objetivo. La era del espacio protegido como fin último y primordial ya ha pasado. Como la era de la televisión.

 Agradecimientos
Juan Jiménez y Pilar Santidrián comentaron un borrador del artículo. Pedro Galán me facilitó un informe inédito sobre la herpetofauna de Corrubedo.
  
Bibliografía

(1) Martínez-Abraín, A. y Jiménez, J. (2016). Anthropogenic areas as incidental substitutes for original habitat. Conservation Biology, 30: 593-598.
(2) Galán, P. (2016). Monitorización de la herpetofauna en el Parque Natural do Complexo Dunar de Corrubedo e Lagoas de Carregal e Vixán (Ribeira - A Coruña). Dirección General de Conservación de la Naturaleza. Xunta de Galicia. Informe inédito.
(3) Oro, D.; Jiménez, J. y Curcó, A. (2012). Some clouds have a silver lining: paradoxes of anthropogenic perturbations from study-cases on long-lived social birds. PLoS ONE, 7 (8): e42753. doi:10.1371/journal.pone.0042753.
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domingo, 3 de septiembre de 2017

Ríos vivos

Los habitantes de las ciudades del siglo XXI tenemos una imagen bastante idealizada o estereotipada de los ríos. Entre otras razones, porque ya no mantenemos una convivencia tan estrecha con estos peculiares ecosistemas como en el pasado.

Sí, nuestra visión de los ríos está cuajada de mitos por falta de un contacto real con ellos. Además, los hemos conocido tras el desarrollo de las grandes ciudades y sus correspondientes polígonos industriales, de manera que ya estaban contaminados y degradados. El actual enfoque idealizado imagina a los ríos con propiedades sencillamente opuestas a las que tienen los ríos que consideramos degradados. Veremos si es acertado o no ese razonamiento por oposición, tan habitual entre los conservacionistas, y qué matices pueden modularlo.

¿Los ríos bien conservados son de aguas transparentes?

Un río con aguas negruzcas o espuma en los remansos despierta en la mayoría de la gente una sensación de rechazo o, al menos, de alarma. Los ríos en estado prístino han de ser de aguas transparentes, reza nuestro mantra. Una escena, sin embargo, que sólo es propia de las cabeceras, donde aún no ha dado tiempo para que sus aguas se carguen de forma natural de exudados vegetales. Los taninos, por ejemplo, son sustancias orgánicas que las plantas han desarrollado a lo largo de su evolución como defensa frente a los herbívoros. Suelen ser hidrosolubles y se mezclan fácilmente con el agua dotándola de un color opaco. Los ríos con aguas oscurecidas debido a este proceso no están contaminados sino sanísimos. Un ejemplo paradigmático de río de aguas oscuras es precisamente el río Negro, el mayor afluente del Amazonas, que recorre tierras de Colombia, Venezuela y Brasil.

Lo mismo sucede con esas espumas que a veces vemos en las zonas turbulentas. La espuma es sólo una fina capa globular de líquido que encierra algún gas en su interior (normalmente aire) y puede producirse por fenómenos naturales, no sólo como consecuencia de la depuración de aguas residuales. Puede aparecer por aportes espontáneos de materia orgánica y lo mismo ocurre en el mar, donde habitualmente se denomina “resaca marina”. La espuma marina es el resultado de una interacción entre episodios biológicos, como las explosiones de plancton, y procesos fisicoquímicos que alteran la tensión superficial del agua. Por otro lado, el viento puede mover esas espumas a las zonas remansadas o resguardadas, tanto de ríos como de costas. No obstante, son muy llamativas y tiene sentido que las asociemos a contaminación, porque por desgracia hemos convivido con ella. Pero no siempre es así, y cada vez menos. Los ríos siempre han tenido espuma, sobre todo los que discurren por cuencas ricas en materia orgánica. 

Cauce del río Barragán (Pontevedra). Las aguas oscuras y la presencia de espuma en los remansos no son necesariamente indicadores de contaminación. Ambos rasgos pueden deberse a causas naturales. Foto del autor. 
¿Los ríos bien conservados no tienen barreras?

Un mito aún más extendido que el anterior es que el agua de los ríos corre libremente y cualquier obstáculo va en detrimento de su biodiversidad. Esta visión fluyente se debe a dos contingencias históricas, una más reciente que la otra. Durante nuestra larga etapa de vida agro-silvo-pastoral convenía mantener a los ríos corrientes para prevenir indeseadas inundaciones, de manera que se retiraban los árboles caídos. Además, muchos bosques de ribera habían sido reducidos a su mínima expresión para aprovechar los pastos de las orillas y no había, por tanto, demasiados árboles que pudieran caer por viejos o a causa del viento.

Más recientemente hemos vivido al margen de lo que me gusta denominar “la era del castor”. Los castores eran los grandes ingenieros hidráulicos de nuestros ríos y tenían un efecto apreciable sobre ellos. Son roedores gigantes, sólo superados en tamaño por los capibaras de Suramérica. Los roedores surgieron hace unos 75 millones de años y son un grupo de gran éxito, ya que representan el 40% de los mamíferos (1) y han sido capaces de colonizar todo tipo de hábitats. Los castores, en concreto, son un elemento clave de los ríos pues cumplen tareas ecosistémicas equiparables a las de elefantes o termitas en la sabana africana. El género Castor sólo incluye dos especies actuales, el castor norteamericano (Castor canadensis) y el castor europeo (Castor fiber), presente en la península Ibérica hasta hace unos pocos siglos (1). Los castores abaten árboles de ribera, construyen presas con ellos y, en condiciones favorables, los lagos resultantes pueden llegar a medir kilómetros. De hecho, sus barreras son la mayor construcción al alcance de un animal terrestre (2). Los lagos que crean introducen heterogeneidad en las cuencas fluviales, bien recibida por una hueste de plantas y animales que prefieren las aguas remansadas a las aguas corrientes. Entre sus beneficiarios estarían las nutrias, que a la más mínima oportunidad nos demuestran cuán felices son en aguas calmas. Bien pensado, las condiciones ecológicas de los ríos son muy exigentes y sólo puede habitarlos un puñado de especies altamente especializadas. Por el contrario, las aguas mansas son más habitables y hay muchas especies capaces de colonizarlas.

Las pequeñas presas de molino hacían un papel sustitutivo de las presas de castor cuando estos roedores poblaban nuestros ríos. Al crear aguas remansadas introducen heterogeneidad en el río y aumentan su biodiversidad. Foto del autor. 
El caso es que, durante nuestra pasada vida rural, llenábamos los ríos de pequeñas represas y canales de derivación para alimentar acequias, molinos y batanes. Unas represas que poco tenían de negativo y mucho de sustitutas de las barreras que antaño construían los castores. La idea de eliminar ahora cualquier tipo de barrera no es necesariamente positiva para los ríos. No hablo de las grandes presas, que requieren costosos dispositivos para permitir el paso a los peces migratorios. Muchas de ellas son prescindibles o están obsoletas y el actual movimiento mundial para eliminar grandes presas traerá muchas consecuencias positivas. Sin embargo, a menor escala, haríamos bien en estudiar individualmente cada pequeña barrera antes de tomar una decisión radical sobre su permanencia. A veces las opciones intermedias, como las presas que sólo están activas de forma temporal, pueden ser una solución biológicamente óptima y de consenso social. La razón suele estar en el término medio.

¿Los ríos bien conservados cuentan con bosques de ribera?

Solemos pensar que, como antaño eliminamos la mayor parte del bosque, todo lo que sea recuperación forestal es algo positivo. Sí, pero con matices. No hace falta convencer a nadie de las bondades archi-sabidas del bosque de ribera. Son muchas las campañas de concienciación que se han organizado para que todos lo tengamos bien internalizado: protegen las orillas, oxigenan el agua, reducen la temperatura con su sombra y sirven de refugio y corredor tanto a la flora como a la fauna. Pero, si pensamos un poco más allá, reconoceremos que en torno a los lagos de los castores no quedaría un árbol ribereño en pie y que esas zonas tenían que sufrir una alta insolación. O sea, había reservas de agua, de mayor o menor tamaño, someras y además bien soleadas. No se puede pedir un mejor cazadero si uno es un depredador de “sangre fría” (ectotermo), como las truchas. Aunque están encantadas de disponer de zonas umbrías para reproducirse necesitan zonas soleadas donde su cuerpo pueda alcanzar la temperatura necesaria para activarse y cazar. Así pues, un río bueno para las truchas ha de ser un río con ambos ambientes, no con una sombra continua.

En el pasado la gente quería tener truchas en los ríos y, a propósito o no, las conseguía al favorecer la existencia de zonas soleadas que se abrían al eliminar parte del arbolado de ribera. Como en el caso de la agricultura, que sustituyó en su labor desbrozadora a la gran fauna de mamíferos herbívoros heredada del Pleistoceno, la actividad humana ha asumido funcionalmente la tarea decisiva de los castores en los ríos europeos. Ahora equiparamos erróneamente el concepto de conservación con dejar los ríos intactos. Pero, al menos desde el Mioceno, nuestros ríos han tenido tumbadores de árboles, constructores de presas y gestores de la diversidad. Si nuestro afán es que los ríos estén rebosantes de vida, haríamos bien en no perder de vista esta fundamental pieza de información. No sé si los castores caben o no en la España del siglo XXI, pero desde luego imitarlos no costaría nada. Lo otro, imagino que el tiempo lo dirá.

 Bibliografía

(1) Cuenca, G. y Morcillo, A. (2016). Fósiles de castor europeo en el Cuaternario de la península Ibérica. Quercus, 369: 52-55.
(2) Dawkins, R. (2009). El cuento del antepasado: un viaje a los albores de la evolución. Antoni Bosch. Barcelona.
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