viernes, 3 de marzo de 2017

Tramposos

Solemos considerar el engaño y la trampa como un rasgo típicamente humano. Pero son conductas que ya estaban en la naturaleza mucho antes de que llegáramos nosotros. Eso sí, les hemos dado un carácter propio al engañar de forma deliberada, no por instinto. Aunque no somos los únicos. Otros mamíferos sociales, como los delfines, también hacen trampas deliberadamente. Cuando son entrenados para recoger objetos del fondo de los tanques en los que viven en cautividad, a cambio de una recompensa, acaban partiendo los objetos en trocitos pequeños y escondiendo los trozos para así recibir numerosas recompensas. 

Bien pensado, ser un listo, un vivo, un avispado, un jeta o un tramposo es una estrategia vital como otra cualquiera. Aunque no parecería de entrada que el engaño pueda ser una estrategia que pueda mantenerse en el tiempo (que sea evolutivamente estable), sí se da con cierta frecuencia dentro de las poblaciones de una misma especie. Pero, el Lazarillo de Tormes sólo puede sobrevivir en un entorno de gente mayoritariamente honrada. Si la mayor parte de la población juega a la trampa, la situación se vuelve inestable: no hay personas honradas a las que robar.

Pensemos, por ejemplo, en una población de abejas que incluyera un porcentaje de individuos totalmente inofensivos, aunque siguieran teniendo la coloración negra y amarilla del abdomen como advertencia aposemática. Esa pequeña trampa sería viable sólo mientras no fuera muy frecuente dentro de la población, ya que si los depredadores descubren que las abejas no son peligrosas, a pesar de lo que indican sus colores, el sistema defensivo se vendría abajo. Supongamos que para las avispas tramposas resultase ventajoso no producir veneno porque con ello aumentase su descendencia, pues podrían destinar a la procreación la energía destinada antes a defenderse. Con el tiempo, las abejas tramposas se volverían más abundantes. Pero la trampa acabaría por descubrirse y volvería a descender el porcentaje de avispas tramposas y a aumentar el de las peligrosas. Así pues, la selección natural mantendría el engaño en porcentajes bajos.

Otra cosa muy distinta es lo que ocurre con los dípteros sírfidos que, siendo inofensivos, imitan en su aspecto (mimetismo batesiano) a abejas y avispas que sí son peligrosas. Una trampa de éxito absoluto. La selección natural no reduce ahora el número relativo de tramposos en la población, ya que avispas y abejas (ajenas a la trampa) siguen siendo peligrosas. Los depredadores identifican las bandas amarillas y negras como una advertencia honesta de peligro, ya sea en avispas (verdaderamente peligrosas) o en moscas (tramposas). El truco es difícil de descubrir y además no afecta negativamente a las especies imitadas.

Ejemplar juvenil de cuco posado en una zona esteparia del interior de Valencia. Si hay una especie que merece tildarse de tramposa, sin duda es ésta (foto: Marta Romero Gil).
El engaño de los cucos
Algo parecido pasa con los cucos (Cuculus canorus). Todos los cucos europeos son tramposos y ponen los huevos en nidos ajenos, engañando a más de cien especies distintas de pajarillos. La trampa se mantiene en el tiempo porque cortocircuita la conducta reproductora de otras aves que no pueden pagarles con la misma moneda, es decir, parasitándolos a ellos. Un engaño sofisticado, ya que el huevo del cuco imita los colores y el diseño del de la especie parasitada. Además eclosiona rápido, de manera que los cuclillos puedan deshacerse de los legítimos ocupantes del nido. Como es bien sabido, tienen el reflejo instintivo de arrojar por la borda (del nido) cualquier cosa que se coloque sobre su dorso, incluidos los huevos y pollos de la especie parasitada.

¿Cómo ha podido evolucionar algo así? En primer lugar, dado que los huevos que producen huésped y hospedador son muy similares, ¿hay poblaciones de cucos especializadas en ciertas especies hospedadoras? O, por el contrario, ¿es un individuo capaz de parasitar a un amplio espectro de especies adaptando el fenotipo (coloración, tamaño y diseño del huevo) a cada caso? La primera opción es más parsimoniosa y parece ser la verdadera (1).

Imagina un pasado en el que una hembra ancestral de cuco, que ponía huevos de color X, fue depositándolos en nidos de diferentes especies. La artimaña fracasó en todos menos en el de la especie hospedadora adecuada, es decir, aquella cuyos huevos eran lo suficientemente parecidos a los del cuco como para que no se percibiera el engaño. A partir de ahí, la fijación a ese hospedador debió de ser sobre todo cultural, es decir, aprendida. Y año tras año esos cucos deben afinar en la imitación de la puesta ajena, en una carrera armamentista con su huésped. Quién sabe si en este acople de grano fino pueden intervenir mecanismos epigenéticos. No me extrañaría lo más mínimo.

En el mundo hay otros cucos que parasitan los nidos de su misma especie, si bien en este caso no son parásitos obligados sino facultativos, pues también crían a sus propios pollos. Algo así como las anátidas o las gaviotas que aprovechan un descuido de la pareja vecina para colarles un gol. Un parasitismo más oportunista y mucho menos sofisticado cuya frecuencia está regulada por selección natural: si todos los individuos de la población fueran parásitos de cría sería un caos; simplemente no funcionaría y la frecuencia de los cucos normales aumentaría de nuevo.

La evolución del parasitismo obligado
De hecho, la gran mayoría de las especies de la familia Cuculidae no son parásitas de cría. Al principio debía haber cucos que parasitasen de manera facultativa las puestas de otras especies, como hacían con las de sus congéneres. Pero la opción heteroespecífica tuvo tanto éxito que acabó extendiéndose en la población hasta fijarse por completo. Es decir, hasta estar presente en el 100% de sus individuos, reducir la variabilidad de este rasgo a cero y generar la conducta que conocemos de parásitos de cría obligados. Como decíamos, el engaño funciona de maravilla con el ajeno, con el diferente, con el que no puede pagarte con la misma moneda, pero no con el igual. Tanto es así que los cucos parasitan a especies que están filogenéticamente muy lejanas de ellos. Esta es una cuestión clave: los Cuculiformes  son no-paseriformes (un conjunto de grupos de ves filogenéticamente antiguos) y normalmente parasitan a paseriformes (un grupo de radiación mucho más reciente). Y eso a pesar de la enorme diferencia de tamaño, que de entrada haría pensar que tal parasitismo sería inviable, por lo evidente del engaño. Menos agresiva es la estrategia de los críalos (Clamator glandarius), un segundo cuco europeo especializado en parasitar los nidos de córvidos, sobre todo de urracas. Sin embargo, los críalos no expulsan a los pollos del nido, sino que lo comparten, y lo más curioso es que a menudo los protegen debido a que su fuerte olor repele a los depredadores potenciales (2). Esta ventaja traslada la relación desde el parasitismo al mutualismo, al menos en algunas ocasiones.

El día a día de un tramposo
Imaginad, por curiosidad, la ajetreada vida de un cuco en época reproductora. En primer lugar, más que unos listos son unos buenos espías sociales, por mucho que se consideren una especie solitaria. Han de pasarse el día observando a los pajarillos de su comunidad para ver quién anda ocupado en construir el nido y seguirlo hasta que se presente el momento oportuno de endosarle su huevo, a escondidas y de forma rápida. Algo que pueden repetir hasta en 25 nidos durante una sola temporada. El huevo parásito es especialmente resistente a los golpes, quizá para evitar que se rompa al dejarlo caer (3). Pero si es descubierto el hospedador no dudará en destruirlo. En tal caso, el cuco puede eliminar a su vez la puesta completa de la especie hospedadora. No se trata exactamente de un acto de venganza (concepto humano), sino que con este comportamiento contribuye a que no se propaguen los genes que permiten el reconocimiento de la trampa entre la población de hospedadores. De algún modo, siembra para el futuro, para el suyo y el de sus descendientes. Es la hipótesis del comportamiento “mafioso” que defienden los hermanos Soler (4).

Resulta curioso que los cucos no se impregnen de la identidad ajena al ser criados por otras aves. Sorprendentemente, cuando llegue la hora de reproducirse, buscarán una pareja de su propia especie. Conservan en todo momento su identidad de cucos y no intentan reproducirse con, pongamos, el acentor o el carricero que los haya criado. De otra forma, claro está, la trampa no serviría de nada. Por el contrario, los padres adoptivos nunca dudan de que aquel gigante sea de su estirpe y lo alimentarán con todo empeño, como un ejército de liliputienses que cebara a Gulliver.

Vehículo de cuatro ruedas y apariencia de utilitario que se conduce con un carné de ciclomotor, ejemplo metafórico de cómo el ser humano aprovecha los vacíos legales, del mismo modo que sucede en la naturaleza. Si hay una estrategia vital no explotada, tarde o temprano alguien la acabará encontrando (foto: Francisco Sierra Abraín).
En fin, que si hay un hueco, una debilidad, un vacío legal en la naturaleza, alguien lo acabará encontrando. Es lo que pasa en las sociedades humanas con esos ciclomotores de cuatro ruedas que tantos problemas de tráfico generan. ¡Son motos tramposas, todos lo sabemos, pero de momento ahí siguen! También es buen ejemplo el de las aves capaces de imitar el canto de otras especies (y, de rebote, el ruido de los artificios humanos). Una habilidad que por algo habrá evolucionado y muchas veces se utiliza con fines engañosos. Por ejemplo, para apoderarse de los recursos de otros al lanzar una falsa señal de alarma. Ya lo decía mi madre: ¡No hay nada como saber idiomas!

Agradecimientos
A Alicia Montesinos, en recuerdo de un memorable paseo por el alcornocal de Sierra Calderona hablando de plantas y parásitos. A Jaume Terradas, por revisar el trabajo y alentarme a seguir escribiendo más “detectives”. A Vittorio Baglione, por revisar un borrador del manuscrito.

Bibliografía

(1) Avilés, J.M. y colaboradores (2006). Rapid increase in cuckoo egg matching in a recently parasitized reed warbler population. Journal of Evolutionary Biology, 19: 1.901-1.910.
(2) Canestrari, D. y otros autores (2014). From parasitism to mutualism: unexpected interactions between a cuckoo and its host. Science, 343: 1.350-1.352.
(3) Antonov, A. y otros autores (2008). Does the cuckoo benefit from laying unusually strong eggs? Animal Behaviour, 76: 1.893-1.900.
(4) Soler, M. y otros autores (1995). Magpie host manipulation by great spotted cuckoos: Evidence for an avian mafia? Evolution, 49: 770-775.
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sábado, 28 de enero de 2017

Anthrôpos

Salvo en las fábulas, está mal visto atribuir a los animales características humanas. Y con razón. Pocas cosas hay más detestables que disfrazar a un chimpancé y considerarlo un ser humano muy básico. Sin embargo, el miedo al antropomorfismo no debe ocultar lo mucho tenemos en común con el resto de los animales.

En realidad, todo sería mucho más correcto si las comparaciones fuesen al revés. Cuando un águila real alimenta con mimo a sus polluelos no deberíamos decir que parecen personas, sino justo lo contrario. ¡Los seres humanos nos parecemos a las águilas cuando alimentamos con mimo a nuestras crías! Las aves rapaces estaban en este planeta mucho antes que nosotros. El antropocentrismo, verlo todo desde el prisma humano, nos lleva a cometer el gran pecado del antropomorfismo, es decir,  pretender humanizar la naturaleza. Pero si lo miramos al revés, el antropomorfismo está revelando una información valiosa. Sucede por algo. Y ese algo es que, a fin de cuentas, no somos tan distintos como nos empeñamos en creer.

El pasado otoño, durante el veranillo de San Miguel, algunas aves se vieron confundidas en Galicia. Probablemente subieron los niveles en sangre de ciertas hormonas y tuve el placer de contemplar la parada nupcial de unos ratoneros comunes (Buteo buteo). Unas rapaces, por cierto, que han dado en llamarse “busardos ratoneros” porque los ingleses las llaman buzzards, un caso claro de anglocentrismo en ornitología. Todos sabemos que las paradas nupciales de las rapaces son espectaculares. La de los ratoneros me recordó a un adolescente haciendo cabriolas con la bicicleta delante de un grupo de chicas para demostrar su habilidad, coordinación, juventud y, en suma, su valía como pareja potencial. ¿Estaban los ratoneros jugando a adolescentes humanos? No. Todo lo contrario. El jovenzuelo de la bicicleta emulaba (porque ni siquiera llegaba a imitar) al ratonero en sus juegos aéreos. ¡Los ratoneros llegaron antes!

El comportamiento de una hembra de nutria con sus crías difiere poco del de una madre humana con sus hijos. La nutria puede ofrecer un pez a las crías con la misma insistencia que una madre persigue a sus hijos con el bocadillo en el parque. En ambos casos, los vástagos están más interesados en jugar que en comer. Esto no es antropomorfismo, sino un reflejo de la cercanía evolutiva entre ambos mamíferos. Foto del autor.
Hechos a retazos
Pero el orden de los factores no debe alterar el producto. Al pavonearnos (verbo que también se apoya en el comportamiento de un ave) nos parecemos a los ratoneros. Nos parecemos mucho. Eso es innegable y tiene una lógica aplastante. La lógica de la evolución. Si somos capaces de cambiar el matiz de nuestra observación y no colocarnos en el centro del mundo, verificar los parecidos entre nuestro comportamiento y el de la fauna puede llevarnos a una sensación estupenda de unidad con todas las formas vivas de la biosfera, incluidas las plantas, los hongos, las bacterias y los protistas.

Tenemos ojos cámara, como los del pulpo; nuestros pulmones proceden de los primeros peces pulmonados; brazos y piernas no son más que aletas modificadas; las uñas planas se las debemos a los primates, no a las garras del leopardo; los dientes son de pez, mientras que la cabeza, separada del tronco, es de anfibio; dos de los huesecillos del oído medio proceden de la mandíbula de los reptiles; el pelo tiene el mismo origen que las escamas de los reptiles o las plumas de las aves… Y así podríamos seguir deconstruyendo el cuerpo humano pieza por pieza y trazando su origen en el pasado.
Pocas cosas hay que nos hagan singularmente humanos. Aparte de por tener un cerebro más complejo, de los demás primates nos distinguimos por rasgos menores, como la capacidad de correr (una ventaja del bipedismo), el crecimiento continuo del pelo (las peluquerías son un invento genuinamente humano o por lanzar objetos con gran tino (como los famosos honderos de las Baleares, que las legiones romanas se rifaban). También hay diferencias más sustanciales, como el hecho de tener adolescencia y menopausia. El hecho de no prolongar la ovulación a partir de cierta edad es una característica humana aparentemente contraria al deseo de aumentar nuestra eficacia biológica, aunque en el fondo no sea así.

Diferentes formas de cultura
Pero, de todas nuestras características, la más relevante es sin duda la posesión de una mente simbólica. Fabricamos símbolos. Nuestra vida está llena de ellos: el dinero, las empresas, los cargos, los dioses, las banderas... No creo que las fronteras sean símbolos, pues existen en la naturaleza y los animales las entienden muy bien. Las fronteras son más bien realidades. La mente simbólica inventó la música, la danza, la pintura y la escultura. Las bellas artes. Eso sí es genuinamente humano. Pero no debemos confundir estos logros con el hecho de que los animales tengan o no cultura.

Como nos recuerda Frans de Waal, la cultura es todo aquello que adquirimos en el curso de nuestras vidas, en oposición a lo innato o heredado que forma parte del software genético con el que nacemos (1). Desde esta perspectiva, existen aplastantes evidencias de cultura en el mundo animal no humano. Por ejemplo, las aves tienen diferentes dialectos según las regiones geográficas, las estrategias de alimentación pasan de padres a hijos en las especies sociales y son capaces de innovar en el uso de herramientas, lo que luego se transmite rápidamente por imitación.

La cultura ocupa un lugar muy importante en la vida de los animales, que distan mucho de ser meros autómatas dirigidos por un programa codificado. Casi todo lo que hacemos, nosotros o el resto de los animales, es el resultado de una interacción entre lo innato y lo aprendido. No es enteramente una cosa ni la otra. Mamamos de manera innata sí, pero unos bebés pueden aprender a mamar mejor que otros con la ayuda cultural de las madres. Buena prueba de la importancia de la cultura, del aprendizaje, es el habitual fracaso de los proyectos de reintroducción en los que no se enseña a los animales liberados a buscar e identificar aquello que les puede servir de alimento o a defenderse de los depredadores (2).

Destino compartido
Todo lo anterior me lleva a pensar en el dilema de la naturaleza humana. Algunas veces he escrito sobre este asunto, con toda naturalidad o atrevimiento, en las páginas de Quercus (3). Pero soy consciente de que lo he hecho desoyendo la tendencia más común dentro de la filosofía, que consiste en pensar que la naturaleza humana no existe, porque supuestamente disfrutamos de libre albedrío y lo natural es sólo para los demás animales. Esta dicotomía, que se remonta por lo menos a Descartes, ha hecho mucho daño a la biosfera. Nos separa de ella e impide que veamos el bosque, el mar o sus habitantes como un continuo con nosotros o viceversa. Una de las mejores cosas a las que podemos aspirar en esta vida es a integrar esa unidad en nuestra cosmovisión. Integrarla hasta sentirla (4).

No esperaría ver a un calamar preocupado por escribir un libro, ni a una quisquilla apesadumbrada con sus creencias en el más allá. Pero nada de eso representa un abismo insondable. Es simplemente un salto cuantitativo. Como le decía Huxley a Darwin: la naturaleza sí da saltos, no hay por qué esconderlos. Saltos como el cambio de fase del agua a partir del punto de congelación o de ebullición. Pero, fuera de ese mundo simbólico de nuestras mentes, la realidad biológica de un tejón y de una persona son condenadamente similares. Similares aspiraciones vitales (comer, sobrevivir, reproducirse, no pasar frío, dormir bien) y similares miedos reptilianos. Es reconfortante ver el mundo de esa manera integradora y, desde luego, se siente uno mucho más acompañado, como ya comentábamos en el Detective del mes pasado (5).

Agradecimientos
Marta Vila y José Manuel Igual comentaron un borrador de este artículo. Admiro el tino de Marta para encontrar siempre la bibliografía más relevante sobre cualquier tema. 

Bibliografía

(1) De Waal, F. (2001). The ape and the sushi master: cultural reflections of a primatologist. Basic Books. New York.
(2) Heezik, Y. y otros autores (1999). Helping reintroduced houbara bustards avoid predation: effective anti-predator training and the predictive value of pre-released behaviour. Animal Conservation, 2: 155-163.
(3) Martínez-Abraín, A. (2008). La naturaleza… humana. Quercus, 274: 6-7.
(4) Lorenz, K. (1993). El anillo del rey salomón: hablaba con las bestias, los peces y los pájaros. Labor. Barcelona.
(5) Martínez-Abraín, A. (2016). Lleno de gente. Quercus 370: 6-7. 
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lunes, 2 de enero de 2017

Lleno de gente

En la película Dersú Uzala, filmada por Akira Kurosawa hace más de 40 años, el ejército ruso envía un destacamento a la taiga siberiana donde contactan con un cazador local que les hace de guía. En una escena, el viejo y sabio Dersú recrimina a un soldado por tirar al fuego restos de comida en lugar de dejarlos en el bosque a disposición de los animales. Para Dersú el bosque está lleno de “gente” que los soldados no saben ver ni apreciar.

Hoy recuerdo esas palabras de Dersú (o de Kurosawa) para reflexionar sobre la visión que el naturalista tiene de la biosfera, de eso que comúnmente llamamos “campo” o “monte”, aunque se refiera a un bosque o a un humedal lleno de patos. Creo que los naturalistas nos diferenciamos del resto de los mortales en que somos gente que mantiene especialmente vivo dentro de sí el espíritu salvaje del Paleolítico. Todo el mundo lo conserva en cierta medida, pero nosotros no vivimos en un mundo compuesto exclusivamente por personas. Lo cual no significa que las personas no nos importen, al igual que a un tejón lo que más le importa es otro tejón. Pero lo bueno es que no nos fijamos únicamente en las cosas humanas. Nuestros ojos están siempre acechantes, esperando que los monstruos del fondo marino salten a la superficie. Cuando viajamos vamos haciendo transectos involuntarios de fauna, flora y gea. Los accidentes geomorfológicos llaman más nuestra atención que el último diseño en los faros de un coche. Si podemos, escogemos carreteras secundarias para aumentar las probabilidades de encontrarnos con un corzo, justo lo contrario de lo que desearía cualquier conductor prudente. Encuentro que es una visión absolutamente enriquecedora.

Muchas veces, buceando en el mar, he tenido una sensación de comunión con los peces marinos, pues buena parte de nuestras características anatómicas proceden de ellos. No de esos que hoy vemos, sino de peces pulmonados con aletas lobuladas, pero para el caso nos sirven igual sargos, meros o doncellas. Para cualquier otra persona un pez no pasa de ser una molestia, una curiosidad, una bonita cosa de colores o algo que puede pescarse. Quizá la visión de cazadores y pescadores sea la más parecida a la nuestra, en el sentido de que saben que ahí fuera hay más cosas dignas de atención, aparte de los restantes seres humanos. Pero difiere también de manera sustantiva, ya que no deja de ser una visión antropocéntrica. El cazador (de jabalíes, de setas o de doradas) va al campo a llevarse cosas, sin mayor interés o respeto por ellas que obtenerlas. Nosotros nos llevamos sólo sensaciones y disfrutamos sabiendo que hay otras vidas pululando por las campiñas, buscándose la vida lo mejor que saben y pueden. Eso no quita para que, eventualmente, podamos disfrutar al comernos una perdiz o un conejo, por supuesto. Que seamos holistas y sensibles no implica que seamos gastronómicamente bobos. En el fondo, nuestra actividad tiene mucho de curiosidad infantil retenida y de actitud contemplativa ante la vida.



Cachorros de lobo ibérico (Canis lupus). Las cámaras de foto-trampeo son un aliado del naturalista al mostrarnos, de manera no invasiva, lo “lleno de gente” que está el campo (foto: Daniel Cara).

El gran hermano

Ahora que las cámaras de foto-trampeo son fáciles de adquirir, uno disfruta metiéndose de forma no intrusiva en la intimidad de la vida salvaje. La orilla del embalse, siempre llena de huellas de jabalí, zorro o nutria, de repente cobra vida ante nuestros ojos. Una vida que a lo mejor se despereza a partir de la una de la madrugada. ¡Qué placer tan fantástico poder ver cómo otras bestezuelas salvajes hoyan por donde nosotros pasamos a plena luz del día! Saber que, apenas unas horas después y al abrigo de la oscuridad, huelen nuestros propios rastros. Hace poco, una de ellas me regaló una filmación diurna inesperada. Un gran banco de peces fue detectado por más de doscientos cormoranes grandes. Allá acudieron todos en grupo, nerviosos, excitados, ruidosos, a darse un festín. Lo curioso del asunto es que decenas de garzas reales aprovecharon que el banquete se celebraba cerca de una orilla para venir volando y posarse en las zonas someras de los alrededores, pendientes de que les llegara algún pez espantado por la algarabía de cormoranes. A medida que el bando de cormoranes se desplazaba siguiendo a los peces, las garzas hacían lo propio, emitiendo estentóreos sonidos de excitación. Un gran piscívoro, la garza (normalmente solitario), aprovechando en grupo la superabundancia de un recurso movido por otro gran piscívoro. Un bello ejemplo de comensalismo entre aves del mismo gremio, de cómo reconocer el comportamiento de otra especie y de plasticidad en las estrategias de forrajeo. Los animales no sólo forman comunidades, sino que realmente viven en comunidad, aunque la mayor parte del tiempo los veamos por separado, y es bonito constatarlo tan claramente de vez en cuando. Es en esos momentos cuando nos paramos a pensar qué representa ser una garza, un cormorán o un pez.

Los peces siguen las masas de agua en movimiento: aguas frescas y oxigenadas en verano; aguas cálidas y poco profundas en invierno. Los peces son ectotermos, pero no se retiran de la circulación cuando vienen los fríos. Simplemente, se desplazan. Esos desplazamientos deben de tener una parte más o menos predecible (ritmos, ciclos) y otra estocástica, que complica la vida de sus depredadores. Las nutrias también deben de percibir los cambios estacionales en la actividad de sus presas. Los peces han de ser necesariamente más fáciles de cazar a medida que la temperatura del agua baja y, por lo tanto, más asequibles de madrugada que al atardecer, cuando las truchas se activan y salen a cazar.

Otra bendición del naturalista es que nunca está solo. Todo paseo por el campo se hace en compañía de insectos, de cantos de aves, de huellas de mamíferos, de puestas de anfibios… En inmensa compañía. Además, no es nunca la misma. Incluso aunque los actores no cambien, cada día sucederá algo ligeramente distinto que nos enseñará cosas nuevas o nos dibujará una sonrisa en los labios. Eso es algo que no siempre tenemos garantizado con las personas. Por desgracia, se puede estar solo, completamente solo, entre un millón de desconocidos.

Universalidad y atemporalidad

Hay ciertas cosas que son universales. Cuando uno contempla el vuelo de una garceta, aunque sea en un embalse artificial, está viendo a todas las garcetas del mundo. Su vuelo es como el de una garceta que esté sobrevolando ahora mismo un brazo de río en el Amazonas. Así pues, contemplar a los animales en acción es un acto de universalidad. Un viaje mental. El lobo que ahora captura un potrillo o una ternera en el monte no difiere de todos los lobos que han sido, aunque antes la presa fuese una cría de caballo salvaje o de uro. La garza que atrapa una carpa exótica en unas salinas domadas no difiere de la garza que se hace con una anguila en un río salvaje de Escandinavia.

A Juan Luis Arsuaga suelen preguntarle cómo era eso de vivir en la prehistoria. A él le gusta contestar que es lo mismo que se siente ahora en un paseo por los montes de Atapuerca o por la sierra de Guadarrama. Y creo que tiene más razón que un santo. Tenemos la suerte de poder sentir las mismas cosas que sentían nuestros antepasados hace decenas de miles de años. A mí me ayuda muchas veces discriminar qué cosas siguen pasando hoy en día, cuáles no han variado en todo ese tiempo. Leer un libro es un acto nuevo. Manejar un teléfono móvil lo es aún más. Pero el vuelo de una avutarda o de una mariposa, o el ronroneo de una nutria comiéndose ávidamente un pescado, son sensaciones atemporales. Valorar esto en su justa medida creo yo que debería constituir un objetivo básico de educación integral. Por mucho que me apetezca leer las obras de todos los autores clásicos, me entristecería más pensar en haber abandonado algún día este mundo sin oír crepitar al hielo en un glaciar, berrear a un ciervo en la dehesa o sin bucear en un arrecife de coral abarrotado de múltiples formas de vida. ¡Pues eso, que somos unos afortunados, por si lo dudabais!

Agradecimientos
José Manuel Igual y Marta Vila leyeron y comentaron un borrador del artículo.
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lunes, 28 de noviembre de 2016

¿A quién avisa el avisador?

En un próximo número de Quercus escribiré sobre la evolución de la trampa y de cómo los tramposos han logrado mantenerse en las comunidades animales a lo largo del tiempo. Pero ahora toca mirar la otra cara de la moneda y analizar las conductas generosas.

Es bien conocido el comportamiento de las cigüeñuelas (Himantopus himantopus) cuando un naturalista (o un depredador) irrumpe en sus colonias de cría: en lugar de alejarse del peligro, vuelan bajo sobre nuestras cabezas, como colgadas del aire, y reclaman con todas sus fuerzas. Por este motivo, en el delta del Ebro se las conoce acertadamente como “avisadores”. Una conducta, entre heroica y enigmática, que bien podría encuadrarse en lo que denominamos “altruismo”. Un rasgo típicamente humano que también está presente en la naturaleza, de donde nos viene todo, como no puede ser de otra manera.

Bando de cigüeñuelas (Himantopus himantopus) en vuelo. ¿Por qué las cigüeñuelas arriesgan la vida acosando a los intrusos que penetran en su colonia de cría? Si cada individuo mira por su propio bien y el de sus genes, ¿por qué no sale huyendo ante la amenaza? (Foto: Luis Iván Moya).

La visión tradicional de la biología se mueve entre considerar el altruismo como un caso de selección de grupo (no sólo favorece al individuo, sino también a la colonia) o como una conducta que evoluciona por beneficio mutuo (un individuo avisa hoy de la llegada de un zorro porque espera que mañana otro haga lo mismo ante una nueva amenaza). En la actualidad, las opciones aceptadas son esta segunda (altruismo recíproco) y una nueva versión de la primera, que sostienen los partidarios del “gen egoísta”, según la cual los individuos sólo se preocupan por el resto del grupo cuando está compuesto por familiares. Al avisar a los parientes de un peligro son nuestros genes, también presentes en ellos, los que resultan beneficiados, como defendía Hamilton a mediados de los años sesenta.. Esta vía genética se denomina “selección por parentesco” (kin selection en su versión anglosajona), ya que atañe tanto al individuo como al grupo.

Sentimientos solidarios
Hay una tercera vía, alternativa al altruismo recíproco y a la selección por parentesco, que no mide la funcionalidad del acto altruista. Es una propuesta ajena al mundo de la biología, pues procede de la psicología. Así, para Frans de Waal (1) el altruismo es una cuestión de motivación, no un asunto funcional. Sería la percepción del estado emocional de otro individuo el que activa en el cerebro un estado de empatía. Según esta perspectiva, la cigüeñuela que inicia la alerta, a la que luego se suman otros integrantes de la colonia, estaría mostrando empatía ante el peligro que se cierne sobre los individuos cuyos nidos quedan más cerca del depredador. En otras palabras, estaría poniéndose en el lugar de sus vecinos. Sería una respuesta propia de animales sociales, dotados de neuronas espejo, las mismas que nos incitan a bostezar cuando vemos a otra persona hacerlo. La sensación de vencer al enemigo produciría un estado psicológico de satisfacción capaz de favorecer la evolución de la conducta altruista de alarma, del mismo modo que el placer favorece el intercambio sexual. Este comportamiento proto-altruista de las aves coloniales habría ido alcanzando complejidad en los mamíferos sociales (primates, cetáceos, proboscídeos, cánidos) que son capaces de sentir compasión y tristeza por el estado de los demás y, finalmente, ofrecer cuidado. 

De manera que el altruismo sería un asunto cerebral, propio de la psique de animales sociales, donde la presión selectiva no es tanto externa (ecológica) como interna (social). ¿Acaso no beneficiaron los voluntarios que acudieron a remediar las mareas negras del Prestige a muchos gallegos con los que no están cercanamente emparentados, aún a riesgo de su salud? No porque esperaran nada a cambio o porque estuvieran cercanamente emparentados con ellos, sino por simple empatía y solidaridad. Y, quizá, porque eso les hizo sentirse más felices al activar los centros de recompensa de sus cerebros. De todos modos, esta hipótesis sólo soluciona superficialmente el problema, ya que nos remite a otro más profundo: ¿por qué la evolución ha seleccionado la empatía y el estado psicológico de recompensa en quienes se comportan de forma altruista? 

Arrendajos, mirlos y otros escandalosos del bosque
Hay dos aves que se llevan la palma como avisadores: el arrendajo (Garrulus glandarius) y el mirlo (Turdus merula). Su conducta de alarma es aún más curiosa que la de las cigüeñuelas, dado que no destacan por ser especialmente sociales. ¿Hay altruismo en sus estertóreos reclamos o simplemente chillan como manifestación de miedo ante un intruso? ¿Acaso la función del reclamo es espantar directamente al depredador? Algunos investigadores se han interesado por este asunto y han encontrado que los arrendajos funestos (Perisoreus infaustus), que viven en grupos laxos de individuos cercanamente emparentados, son capaces de emitir señales de alarma que varían según el depredador esté posado, volando o atacando (2). Así pues, volvemos a la selección por parentesco.
Sería interesante comprobar mediante experimentos con aves en cautividad si otros pajarillos del bosque, como las currucas, asocian con un peligro el reclamo de arrendajos y mirlos. Siempre me lo he preguntado: ¿entiende la curruca el lenguaje del mirlo? Si es así, nos encontramos ante dos opciones: pueden saberlo de manera instintiva (las currucas que reconocen las alarmas se han visto favorecidas por selección natural) o pueden aprenderlo en el curso de sus vidas. Sería relativamente sencillo hacer un experimento con aves criadas en cautividad y que nunca hayan oído el reclamo de arrendajos y mirlos. Cuando fueran adultas bastaría con someterlas a este acuciante mensaje y ver cómo reaccionan. El grupo de control estaría formado por aves de la misma pollada que sí hubieran crecido oyendo las alarmas. También podríamos observar el comportamiento de aves juveniles, recién emplumadas, cuando se les somete al reclamo de alarma y ver si permanecen impasibles o no. Si tuviera que apostar, diría que sí responden a las alarmas y que esa respuesta es aprendida y no heredada. Esas son mis predicciones. . Sin la debida exposición al  depredador y a la alarma del mirlo o del arrendajo, el pajarillo se plantaría ante las fauces del depredador sin ningún miedo. La asociación entre ambas cosas (alarma y depredador a la vista) probablemente se haga a lo largo de su vida, ya sea como aprendizaje propio o como imitación de otros miembros de la misma especie. Recientes trabajos han demostrado que si se entrena al maluro soberbio de Australia (Malurus cyaneus) a asociar sonidos nuevos con la presencia de depredadores, lo acaba haciendo (3). Esto viene a reforzar lo que decía antes: las especies responden y, además, aprenden a hacerlo. También sabemos que es más seguro fiarse de las alarmas conespecíficas que de las heteroespecíficas (4); vamos, que se entiende mejor el lenguaje propio que el ajeno.

La selección por encima del individuo: ¿quimera o realidad?
Todo esto del altruismo entre especies sociales nos lleva sin remedio a pensar un poco en cómo actúa la selección natural. Según la perspectiva más reduccionista, la única unidad que cuenta es el gen. Para el genético de poblaciones, la unidad sería el individuo dentro de un grupo local (aunque cambien los genes, son los individuos quienes se emparejan). Pero, ¿podría darse selección con el grupo como unidad? No sólo por parentesco cercano, sino porque los grupos más cooperativos y menos egoístas tendrían ventaja. Si hay cooperación en la búsqueda de alimento y en la defensa ante los depredadores, el grupo como un todo debería verse favorecido demográficamente en su conjunto, no sólo como una suma de individualidades. Las interacciones entre individuos también cuentan y el total acaba siendo mayor que la suma de las partes. Aunque la tendencia a escala individual sea que cada cual mire por sí mismo, hay circunstancias en las que sólo el trabajo en grupo permite sobrevivir. Ese debía de ser precisamente el caso de nuestros ancestros en las sabanas africanas, donde los egoísmos individuales eran muy poco positivos a la hora de salir adelante. Como defendía Sewall Wright, en poblaciones pequeñas los genes del altruismo podrían fijarse de tal modo que no podrían prosperar los genes del egoísmo, ya que el altruismo favorece al 100% de los miembros del grupo. Hasta que, claro está, aparezca una mutación egoísta de nuevo.

Así que, ¿quién sabe?. Darwin pensaba que la selección de grupo había sido importante en la evolución de nuestra especie. Eduard O. Wilson también lo sostiene en el caso de las hormigas, pero eso tiene menos mérito porque un hormiguero es como un único gran individuo (5). En las poblaciones humanas hay cercanía de parentesco pero también otras cosas que nos acercan. Aspectos de tipo psicológico o sociológico de gran peso, como la pertenencia al mismo grupo, la identificación con el compañero o vecino, la unión que genera tener un enemigo común en el valle de al lado o la experiencia de haberse defendido juntos de un depredador. Esos caracteres, intangibles para el biólogo que estudie al individuo de manera aislada, podrían marcar la diferencia y hacer que sea el grupo entero el que sobreviva o perezca como unidad. Siempre y cuando los lazos de dependencia sean muy estrechos, se den en poblaciones pequeñas donde puedan fijarse, haya poca dispersión entre grupos y se dé una alta frecuencia de conflictos. Sería un proceso socio-biológico, ya que la psique humana evolucionó en el seno de sociedades humanas, más influenciadas por nuestros congéneres que por factores ecológicos externos. Hay consenso hoy en día acerca de que el cerebro complejo humano evolucionó para hacer viable la vida en sociedad, más que para resolver problemas ahí fuera. A fin de cuentas, un ser humano aislado no es nada. Que este proceso pueda darse en otros animales sociales debe ser tanto o más posible cuanto mayor sea la necesidad que tengan los individuos de cooperar estrechamente entre sí para sobrevivir.

Agradecimientos

A Marta Vila, por su apoyo bibliográfico y su interés por estos humildes detectives, y a Vittorio Baglione por revisar y mejorar un borrador de este artículo. 

Bibliografía

(1) Waal, F. B.M. (2008). Putting the altruism back into the altruism: the evolution of empathy. Annu. Rev. Psychol., 59: 279-300.
(2) Griesser, M. (2008). Referential calls signal predator behaviour in a group-living bird species. Current Biology, 18: 69-73.
(3) Magrath, R.D. y otros autores (2015). Wild birds learn to eavesdrop on heterospecific alarm calls. Current Biology, 25: 2.047-2.050.
(4) Murray, T.G. y Magrath, R.D. (2015). Does signal deterioration compromise eavesdropping on other species’ alarm calls? Animal Behaviour, 108: 33-41.
(5) Bengston, S.E. y Dornhaus, A. (2014). Be meek or be bold? A colony-level behavioural syndrome in ants. Proceedings of the Royal Society B. Disponible en DOI: 10.1098/rspb.2014.0518.
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miércoles, 23 de noviembre de 2016

Desde Darwin

Al observar un rasgo morfológico o una conducta, desde Darwin podemos preguntarnos por la función que puede tener. Si los ojos son grandes o pequeños, si las narices son chatas o alargadas, si las patas son gruesas o delgadas, si la pigmentación es clara u oscura, si la estructura es rígida o blanda… La pregunta que nos asalta es: y todo eso ¿por qué? ¿para qué? Pero debemos proceder con cautela.

En efecto la forma, el color, el tamaño y el comportamiento se originan muchas veces por medio de mutaciones azarosas seguidas de selección natural y son, por tanto, adaptaciones surgidas por micro-evolución en el seno de ecosistemas concretos (de estadios concretos de la sucesión de los ecosistemas para ser más precisos). La forma y costumbres de las currucas nacen en el seno de las primeras etapas de la sucesión de los bosques mediterráneos. Los hábitos trepadores del treparriscos o los nidos del avión roquero no evolucionaron en una playa o en una estepa abierta, sino que son el resultado de la interacción adaptativa entre estas aves y los medios montañosos. Unas soluciones, por cierto, que han funcionado aceptablemente bien si han traído a sus protagonistas hasta el presente. Digo razonablemente bien porque la selección natural no es una selección a dedo de los mejores. Es más bien un barrido natural con eliminación de los peores de entre los disponibles de modo que al final se quedan los “menos malos”. Esto dista mucho de la perfección y por formas naturales de selección se generan, por tanto, soluciones operativas pero imperfectas. Así es el proceso pasivo de la selección natural, de nombre desafortunado al proceder por contagio de su pariente la selección artificial, en el que sí se eligen las formas que queremos promover desde el principio: la oreja larga, la pata corta o el pelo rizado.

Selección sexual o ellas eligen
Sin embargo, las formas y conductas que vemos en la biosfera también pueden ser hijas de la selección sexual y, en este caso, no podemos llamarlas adaptaciones. Son más bien “caprichos de la naturaleza”, dependientes de las preferencias del sexo contrario. De hecho, los resultados del barrido natural y de la selección sexual entran a menudo en conflicto. Véase, por ejemplo, el pato mancón tras la época de cría. A toda prisa, cumplido el objetivo de la reproducción, el macho de azulón se apresura a deshacerse de la costosa librea de su plumaje nupcial. Se desprende de todas las plumas remeras al unísono y queda incapacitado para el vuelo durante un tiempo. Todo para asemejarse en lo posible al plumaje pardo de la hembra. Un plumaje de descanso, pues lucirse es costoso. Fabricar pigmentos no es una actividad gratuita y llamar la atención de los depredadores con un semáforo de colores tiene sus riesgos. Pero ellas (las patas) los prefieren así: coloreados.

Subproductos o rasgos neutros
Rizando un poco más el rizo, resulta que muchas de las formas que encontramos ahí fuera (o aquí dentro, en nuestro propio cuerpo) pueden parecer adaptaciones funcionales sin serlo: son los llamados subproductos. He puesto muchas veces el ejemplo de la mano humana (1). Nuestros cinco dedos no están ahí porque sean una adaptación, ni tampoco porque ese sea el número preferido de las hembras humanas. Tampoco son la solución menos mala de entre todas las posibles. Simplemente procedemos de tetrápodos terrestres que tenían un número mayor de dedos y en un momento dado de la evolución se vieron reducidos a cinco. Este rasgo quedó accidentalmente fijado genéticamente con la funcionalidad del aparato reproductor masculino y femenino, de manera que un individuo con más de cinco dedos dejó de ser reproductivamente funcional y no pudo dejar descendencia. Sí es posible, sin embargo, perder dedos. Así lo han hecho sin ir más lejos los caballos, que cabalgan sobre un único dedo, el central, aunque los caballos con varios dedos que aparecen de vez en cuando nos recuerdan que no siempre fue así (2). Y también las aves. Así pues el número de dedos en nuestras manos es sólo un accidente histórico.


Pito real (Picus viridis) posado en el suelo. ¿No es chocante que esta especie, con una anatomía ensamblada para vivir como depredadores verticales en el tronco de los árboles, haya descubierto los hormigueros como fuente de alimentación en el suelo? Se trata de una exaptación conductual que aprovecha la larga lengua evolucionada en realidad para extraer insectos de la corteza de los árboles (foto: Daniel Cara).

Exaptaciones o reutilice usted
Otras muchas veces contemplamos rasgos para los cuales nos preguntamos su función adaptativa presente, aunque la respuesta se halla en el pasado. No son productos de la selección sexual ni tan siquiera subproductos accidentales. ¿Entonces, qué son? Pues el resultado de una de las actividades favoritas de la evolución para fabricar novedades: la reutilización. Esta sería la palabra más adecuada, mejor incluso que reciclaje. Por reutilización la naturaleza no fabrica adaptaciones sino exaptaciones. Exaptación es una manera como otra cualquiera de llamar a aquellos rasgos (físicos o psíquicos) que fueron seleccionados por su utilidad para desempeñar una función que favorecía la supervivencia y la reproducción en el pasado (adaptación) o bien ninguna función en particular, pero que han acabado desempeñando otro papel (ni mejor ni peor, sólo diferente) del original (3). Darwin le llamaba “metamorfismo de función”. Sería el caso, nada menos, de la consciencia humana. Creo que la consciencia humana ha seguido un camino complejo pasando por diferentes fases, entre ellas la exaptación. Debió de surgir como un mero accidente (subproducto) de la evolución de la inteligencia humana, es decir, de nuestra particular corteza cerebral. Un resultado tan poco intencionado como el montón de arena que generamos cuando excavamos un agujero en la playa. Entre nosotros: ¿quién quería ese montoncito? Posteriormente la consciencia fue exaptada al proporcionarnos un beneficio adaptativo inesperado al dotarnos de mente simbólica. Tener una mente simbólica, una mente alucinada, que se inventa el mundo a su antojo y que nos proporciona afán de superación y esperanza en el futuro, es realmente apropiado cuando uno se enfrenta a periodos de cambio crítico en el ambiente que nos rodea. Probablemente algo así sucedió hace unos 70.000 años. La mente alucinada  nos acabó regalando la supervivencia como especie tras estar a punto de desaparecer en un cuello de botella genético. De aquellas pequeñas poblaciones humanas venimos los 7.000 millones de almas humanas de hoy en día. ¡Ahí es nada el éxito del pensamiento simbólico y la trascendencia! Como para subestimarlo. Pero la cosa no acaba aquí. Decenas de miles de años después de aquel evento, esa misma mente simbólica que nos convierte en seres espirituales, danzarines, músicos, pintores, escultores y creyentes (creyentes en muchas cosas), es ahora más bien una carga evolutiva. Al menos, en muchas ocasiones. Gran parte de nuestros males, como el fanatismo religioso (donde incluyo el fervor deportivo y las tendencias políticas radicales), se deben a ese rasgo de nuestro cerebro. Sin duda, a veces sigue siendo bueno tener esperanza y afán de superación, pero esa capacidad exacerbada nos puede llevar a comportamientos que todos estaríamos de acuerdo en calificar como despreciables o incluso maladaptativos. No por insignificantes, sino por indeseables para lo que nos gusta esperar de un ser humano.

Estocaptaciones o me salvé por pura suerte
Una vuelta más de tuerca nos llevaría a lo que recientemente he propuesto denominar “estocaptaciones”, un híbrido entre lo estocástico (el azar) y la adaptación (4). Con este concepto quería hacer reflexionar sobre aquellos rasgos que, aun habiendo surgido como una adaptación en toda regla en ambientes locales del pasado, han acabado sirviendo para la supervivencia a muy largo plazo de sus portadores por pura suerte. Ahí están, por ejemplo, pruebas tan duras como las caídas de meteoritos, las crisis volcánicas o los cambios radicales en la química marina. Las estocaptaciones se dan a nivel de especie (no de individuo) y pueden tanto diversificar a los supervivientes dando lugar a nuevos géneros, familias y órdenes (mega-evolución), como acabar como características propias de fósiles vivientes. Un buen ejemplo sería el del exoesqueleto de los invertebrados marinos que acabó permitiendo la diversificación en tierra firme de los artrópodos, aunque también es cierto que limitó la talla que podían alcanzar. No es fácil ni económico andar fabricando una armadura cada vez más voluminosa.

Regalos del desarrollo
No debemos olvidarnos de otro importante proceso generador de formas y conductas. Las alteraciones de los ritmos del desarrollo embrionario (heterocronías técnicamente) pueden transformar a las formas vivas de manera importante. Muchos rasgos humanos (anatómicos y de conducta) y también de los bonobos (Pan paniscus) se explican por la alteración relativa de los ritmos de desarrollo del soma en relación a la madurez sexual. Los bonobos o las personas alcanzamos la madurez sexual siendo todavía unos cachorros inmaduros y por tanto retenemos como adultos caracteres propios de las crías de nuestros ancestros. Eso explica nuestra curiosidad y nuestro amor por el juego. Estamos siempre descubriendo el mundo. Los chimpancés (Pan troglodytes) por el contrario serían algo así como la versión “adulta” de un bonobo. Eso explica probablemente el carácter menos agresivo y más empático de los bonobos y su actitud sexual permanentemente adolescente frente al maduro chimpancé de constitución mucho más poderosa y con un carácter que admite pocas bromas (5). En sentido estricto los regalos del desarrollo no son adaptaciones clásicas sino más bien revoluciones interiores que suceden en un momento temprano de nuestra ontogenia.

Epigenética o el ambiente manda
En este repaso a los mecanismos que generan la forma y funcionalidad de órganos y conductas, la última frontera sería la epigenética. Hay rasgos que pueden proporcionar ventajas adaptativas pero que no surgen por el tradicional proceso de mutación azarosa y posterior selección. Es decir, no serían el resultado de un proceso pasivo (de barrido) sino de un proceso pro-activo, que en realidad se ajusta mejor a la idea intuitiva que todos tenemos de adaptación. En este escenario, uno hace algo por adaptarse a los cambios ambientales. El proceso se basaría en la influencia directa del ambiente sobre el ADN. No directamente sobre el código (la secuencia de nucleótidos), sino marcando mediante “etiquetas” (por ejemplo, grupos metilo) las proteínas histonas del ADN y provocando con ello cambios fenotípicos que son parcialmente heredables y por tanto susceptibles de posterior barrido. Pero ese barrido no actúa sobre una variabilidad creada a ciegas, sino sobre una variabilidad dirigida. Dirigida por el ambiente, claro. Detrás de ello están nada más y nada menos que los elementos transponibles del genoma, de los que hablaremos en otro momento con la atención que merecen.

¡Puf! Complicado, ¿no? Todo lo que parecía homogénea adaptación se acaba dividiendo en muchos asuntos diferentes. Es cierto que con ello introducimos ruido, pero es algo inevitable para tratar de recoger y ordenar la complejidad de la naturaleza. La adaptación es un hecho incuestionable pero es sólo una de las opciones disponibles en la rica y vieja naturaleza. Tenía razón Stephen Jay Gould con lo de su famoso “paradigma panglosiano” por medio del cual criticaba el abuso de la adaptación como explicación de la forma y función. ¡No es oro todo lo que reluce! Y la misión del naturalista, del detective ecológico, es precisamente esa: que no nos den gato por liebre. Hay que estudiar cada caso con detenimiento, sin precipitarnos en nuestras conclusiones. Parafraseando a Carlos Herrera, no hay soluciones sencillas para problemas complejos.


Bibliografía

(1) Martínez-Abraín, A. (2010). Las vitrinas del museo. Quercus, 298: 6-8.
(2) Martínez-Abraín, A. (2015). Diente de gallina, cola de persona. Quercus, 353: 6-7.
(3) Gould, S.J. y Vrba, E.S. (1982). Exaptation: a missing term in the science of form. Paleobiology, 8: 4-15.
(4) Martínez-Abraín, A. (2015). Stoch-aptation: a new term in evolutionary biology and paleontology. Ideas in Ecology and Evolution, 8: 42-45.
(5) De Waal F. (2014). El bonobo y los diez mandamientos. Tusquest editores, Barcelona. 
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martes, 11 de febrero de 2014

Convergencia o parentesco

Entender correctamente eso que hemos dado en llamar naturaleza no es una tarea sencilla. De hecho, son innumerables los mitos y las supersticiones que se basan en interpretaciones erróneas de la realidad. Ya les pasaba a nuestros antepasados y eso que vivían en estrecho contacto con ella. Por ejemplo, las sutiles –pero trascendentes– diferencias entre parentesco y convergencia evolutiva han sido una fuente constante de confusión.

Un factor de complejidad que explica por qué caemos en semejantes errores es el hecho de que el parecido entre especies puede deberse, bien a una relación real de parentesco evolutivo (homología), o bien a que, sin estar cercanamente relacionadas, han dado con una misma solución tras verse sometidas a similares presiones ambientales (analogía). Un caso paradigmático es el de los vencejos y los hirundínidos (aviones y golondrinas). Ambos se alimentan de plancton aéreo en los cielos de nuestros pueblos y ciudades, además de reproducirse al abrigo de tejados y aleros. Sin embargo, su parecido nada tiene que ver con un cercano parentesco. Los vencejos son un viejo grupo de aves no paseriformes que existe como tal desde hace unos 25 millones de años (1), mientras que aviones y golondrinas son hijos de una reciente radiación en el Pleistoceno, iniciada hace unos 2 millones de años. Así pues, entre ambos grupos media una ventana temporal de un orden de magnitud: de las unidades, a las decenas de millones de años.
Otro caso singular, esta vez entre los vegetales, es el de la familia de las Euforbiáceas. Cualquier lector no avezado que observara la planta que aparece en la primera fotografía pensaría que es un cactus. Pero si digo que la foto está tomada en Kenia y que se trata de una especie nativa de esa zona del África tropical, ya debería bastar para descartar semejante posibilidad. De hecho, las Cactáceas son una familia del Nuevo Mundo, originaria de los desiertos de América del norte. En la foto aparece una Euphorbia candelabrum, especie que, como muchas otras lechetreznas, ha convergido al fenotipo de los cactus por vivir en medios muy parecidos: las cálidas sabanas de África oriental en este caso. Es lo mismo que ocurre con muchas otras plantas de esta misma familia que habitan en las islas Canarias (cardones y tabaibas), así como en la cercana costa africana. Un síndrome adaptativo típico de tales plantas es adoptar un porte arbustivo o arbóreo al crecer en medios pobres en árboles. Incluso en las islas Baleares tenemos a Euphorbia dendroides, una lechetrezna de buen porte que pierde las hojas con el calor estival.

Euphorbia candelabrum es una planta de África oriental con porte de cactus. Esta especie ha convergido evolutivamente hasta adoptar el aspecto morfológico de las cactáceas de América debido a que comparten un entorno con parecidas presiones ambientales

Parecidos engañosos
Durante mucho tiempo me he preguntado si el parecido entre las rapaces y las aves marinas del grupo de los petreles podría ser una cuestión de parentesco. Las pardelas, por ejemplo, son depredadores apicales marinos que pescan calamares y peces clupeidos (sardinas y boquerones) con sus picos acabados en un buen gancho. Además, ponen un solo huevo y son aves planeadoras, de lento desarrollo. En fin, que coinciden en numerosos rasgos con las grandes rapaces. Quizá el ancestro terrestre de los petreles que conquistó el mar fuese una rapaz. Pero no. Los petreles proceden de algún ave acuática de patas palmeadas, habitante del litoral, que acabó dando el salto al medio marino en el Oligoceno (paíños, albatros) o en el Mioceno (pardelas, fulmares). Así pues, el parecido entre ambos grupos de aves es pura convergencia evolutiva debido al papel que cumplen como depredadores apicales en sus respectivos medios (1).

También es convergencia adaptativa el lejano parecido de las aves con los pterodáctilos del Mesozoico, unos reptiles voladores que no eran dinosaurios. En realidad, las aves derivan de un grupo auténtico de dinosaurios conocido como Saurisquios. Es curioso que no procedan de los dinosaurios Ornitisquios, o con cadera de ave. El vuelo ha sido una característica adquirida muchas veces a lo largo de la historia de la vida, tanto por los insectos (las libélulas gigantes del Carbonífero ya volaban hace 350 millones de años), como por peces, reptiles, aves y murciélagos. Que se sepa, nunca ha habido anfibios voladores, a los sumo planeadores, quizá como resultado de su total dependencia del medio acuático. Así pues, todas estas reinvenciones del vuelo son convergencias y no caracteres compartidos entre grupos tan dispares.
No ocurre lo mismo, claro está, en cuanto al parecido entre las ballenas y los mamíferos terrestres. Los grandes cetáceos provienen de formas terrestres similares a los hipopótamos que ya eran parcialmente acuáticas en tierra firme, un poco como en el caso de las aves marinas. Pero sí es convergencia el parecido de los cetáceos con los peces. Ambos son vertebrados pero no están cercanamente emparentados. Bajo la apariencia externa de las aletas de un delfín, parecidas a las de los peces, se esconden cinco dedos de mamífero. También es convergencia el parecido morfológico de los cetáceos con los extintos reptiles marinos del Mesozoico, como los ictiosaurios. A estos casos de convergencia con grupos que no son contemporáneos se les denomina “relevo evolutivo”, porque uno acaba ocupando el nicho ecológico abandonado por el otro y convergen hacia los mismos planes corporales por selección natural.


Ejemplo metafórico de aparente analogía que probablemente sea una homología. A la izquierda, decoración de una ermita del siglo XVI en Mallorca. A la derecha, recurso decorativo similar en Lamu, junto a la frontera de Kenia con Somalia. La relación de parentesco podría plantearse por el hecho de que ambas zonas fueron históricamente islamizadas y compartieron, por tanto, un ancestro común.

Cambios dentro de un orden
También resulta curioso que soluciones evolutivas equivalentes se hayan dado a ambos lados del Atlántico. Los armadillos americanos y los pangolines africanos serían un buen ejemplo de ello. Tiene su lógica. La naturaleza no puede inventar cualquier cosa (2). Hay límites biofísicos que no pueden rebasarse y aspectos del desarrollo que dan más juego que otros. Fabricar un animal en versión grande o en versión pequeña puede conseguirse con una simple modificación del metabolismo, alterando la actividad de la hormona del crecimiento. Un cambio bien sencillo que puede dar resultados espectaculares, como queda patente en dos razas de perros como el Chihuahua y el San Bernardo. Además, los papeles a representar en los ecosistemas (los nichos ecológicos) no son muchos ni muy distintos en los diferentes biomas. Hay un hueco para los carroñeros y es fácil que todos ellos acaben desarrollando un buen olfato. No es sorprendentemente el caso de los buitres, que encuentran las carroñas gracias al comportamiento llamativo de los córvidos, pero sí el de muchos mamíferos necrófagos.
Algo similar explica también el que grandes grupos de mamíferos, como marsupiales y placentarios, hayan encontrado parecidas soluciones evolutivas ante problemas ecológicos similares, aunque en distintos momentos de la historia. Un buen ejemplo es el de los lobos placentarios y los tilacinos o lobos marsupiales, de cuya extinción nos habló con tanto acierto Pedro Galán en el número 328 de Quercus (3). Otros dos grupos también lejanos filogenéticamente son los miriápodos diplópodos y los crustáceos isópodos, aunque compartan la estrategia defensiva de adoptar forma de bola (conglobación).

Sorpresas de la genética
De todos modos no es fácil desentrañar si los parecidos son cuestión de parentesco o de convergencia. Hace falta conocer la filogenia de los distintos grupos para analizar su distancia genética y esto sólo ha sido posible hace unas pocas décadas. Anteriormente sólo las pruebas de tipo anatómico podían resultar de ayuda, como analizar comparativamente el interior de las aletas de los cetáceos y los peces. Pero estas pruebas anatómicas por sí mismas, sin apoyo de la genética, pueden resultar engañosas. Durante años se ha puesto como ejemplo de convergencia los diferentes ojos de los animales, pero hoy sabemos que unos mismos genes conservados en estirpes muy poco emparentadas, como el gen Pax-6, activan en todos ellos la formación de un ojo durante el desarrollo, con lo cual no son eventos evolutivos realmente independientes, a pesar de las enormes distancias temporales que existen entre, por ejemplo, un cefalópodo y un vertebrado terrestre. En otras palabras, si insertamos el gen Pax-6 de un vertebrado en el genoma de un embrión de calamar inducirá la formación de ojos de calamar, por muy increíble que pueda parecer.
Sin embargo, quizá uno de los casos más curiosos de convergencia es el que se da en la coincidente pérdida de algunas estructuras, como ocurre con los propios ojos o con el color corporal en las formas de vida cavernícola; un entorno éste (escaso de luz, alimento y depredadores) donde la propia economía de la naturaleza lleva a una evolución regresiva, es decir, a la pérdida de estructuras preexistentes, con el fin de maximizar los recursos dedicados a la supervivencia y la reproducción.


Bibliografía

(1) Ericson, P.G.P. y otros autores (2006). Diversification of Neoaves: integration of molecular sequence data and fossils. Biology Letters, 22: 543-547.
(2) Martínez-Abraín, A. (2008). No todo es posible. Quercus, 266: 6-7.

(3) Galán. P. (2013). La lección del lobo marsupial. Quercus, 328: 46-54).
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